Experiencias

PATAGONIA A PEDAL

Pedaleé 1600 kilómetros recorriendo experiencias únicas. Por Parques Nacionales, por la Carretera Austral, por la Ruta 40. Por asfalto, ripio, barro y arroyos. Sí, vadeé arroyos. Lo hice con mañanas de frío, tardes de calor intenso. También con lluvia, viento a favor y sobre todo con viento en contra.

Anduve por valles, costas y montañas. Entre selvas valdivianas, bosques y el Pacífico. También por la agotadora estepa patagónica. Subí la cuesta Moraga, Queulat y la del Río Bravo. También las bajé y me atrevo a asegurar, con los pocos años que tengo, que no hay mayor sensación de libertad que ser despeinado por la velocidad de una bajada y el aire puro del campo. 

Dormí debajo de un puente, en una playa, en muchas playas. En refugios, casas abandonadas, un restaurante abandonado, hostels y campings.

Me bañé en ríos y lagos. En duchas frías y que placer reconfortante, que lujo mundano, las duchas calientes. 

Fiordos chilenos, característicos de la ruta. Carretera Austral
Chile. Marzo 2019.
Fiordos chilenos, característicos de la ruta. Carretera Austral, Chile. Marzo 2019.

Hice dedo y me llevaron dos señoras francesas hasta Río Tranquilo. Allí acaricié el mármol de las cavernas y luego sentí el frío de la escarcha en Villa Cerro Castillo. También me ofrecieron llevarme y me negué.

Me despertó la energía de 80 personas con ganas de plantar. Desayuné en frente de glaciares, lagos y del Fitz Roy. Desayuné con la brisa marina y el silencio del bosque. Desayuné los panqueques de Paty en Contao, mermelada casera de ciruela, mucho pan amasado y tortas fritas, incluso las que hice yo para no gastar tanto dinero. 

No vi Huemules.

Vi al sol salir en el lago Vargas y el lago Leones. Lo vi aparecer tras las mesetas esteparias. Vi cómo encendía las paredes de El Chaltén y lo esperé con ansias a orillas del Futalaufquen. Escuché como hacía vibrar al gigante glaciar Perito Moreno y al Ventisquero Queulat. También lo vi irse. Detrás del Pacífico y del Cerro Torre. Entre álamos otoñales y lengas furiosamente rojas; entre valles, quebradas y montañas. 

Caminé El Chaltén de madrugada, día y noche. Caminé cuando la subida, el barro o la combinación de ambos no me dejaban pedalear. 

Refugio cicloviajero sobre la Carretera Austral a la salida del Ventisquero Queulat, Chile. 2019
Refugio cicloviajero sobre la Carretera Austral a la salida del Ventisquero Queulat, Chile. 2019

Reí, me emocioné, me asombré, salté, bailé, me enojé, reflexioné. Me inventé y reinventé.

Me alentaron desde autos, camionetas, bondis y camiones. Me convidaron manzanas, pan amasado y muchos mates. Le conté de mis historias a grupos de jubilados en el mirador del Río Cisnes y a Terri y su esposo. Me reí mucho con ellos.

Escuché atento el cariño con el que Colette y Hugh hablaban de sus hijos. Lo mismo hice con las historias de los brigadistas que combatieron el incendio forestal del 2015 en Cholila.

Compartí cervezas sentado en una esquina, en un bar, en el banco de una plaza, viendo a River y con Jose, Dai y sus amigos. En una pizzería con Guilhem.

No vi pumas.

Tuve cenas de bienvenida y despedida. Enseñé a Le, de China, a hacer un asado. Le me invitó un asado. Ian me abrió un lugar en el fogón con su familia francesa. Compartí un fogón con 80 personas en el medio del bosque andino. Conocí gente increíble que probablemente no vea nunca más en mi vida, otras me las crucé de vuelta.

Lago Rivadavia camino a Cholila desde Esquel Parque
Nacional Los Alerces, Argentina. 2019.
Lago Rivadavia camino a Cholila desde Esquel Parque Nacional Los Alerces, Argentina. 2019.

Compartí música con Juan, Agus, Tobi y Firu. Guitarreamos con un japonés temas de Silvio Rodríguez y Ed Sheeran, cantamos a los gritos “Imagine”. Canté “El Sensei” con franceses en un hostel y con muchas personas a orillas del Lago Cholila. Brotaron chacareras y zambas desde muy adentro.

Arreglé la cadena, parrilla, frenos y cubiertas de mi bici. Lavé platos y acomodé leña para que no se haga caro dormir sobre un colchón y para dar una mano.

Perdí muchas cosas, soy despelotado. Encontré muchas otras, soy afortunado. 

Navegué el Pacífico tres veces, el lago San Martín, el General Carrera y el lago Del Desierto. Miré las estrellas solo y con otros. Vimos la luna llena asomarse naranja y a cuenta gotas detrás de las luces de Cholila.

Sí vi cóndores. Muchos.

Parque Nacional Pumalín, carretera Austral, Chile. Marzo 2019.
Parque Nacional Pumalín, carretera Austral, Chile. Marzo 2019.

Imaginé un mundo mejor. Solo y junto a argentinos, chilenos, franceses, chinos, estadounidenses, brasileros, marroquíes y con Sam de Nueva Zelanda. Con Pedraco de España, que me recordó el valor del momento presente. Hicimos un mundo mejor con ochenta personas lo suficientemente manijas como para viajar miles de kilómetros hasta Cholila y sanar un bosque degradado. 

Hablé, escuché, aprendí y desaprendí. Me abrazaron y también abracé.

Santiago Fernández Peña

Me gusta viajar de manera poco convencional, apostando por la cultura y poder disfrutar de la lentitud que tiene el detalle. Por eso me parece increíble viajar en bici y que mejor que recorriendo la Patagonia donde nací.

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Viaje hacia el rencantamiento del mundo

Cuando se viaja en bicicleta, hay una grata sensación de sentirse parte de un gran ser sintiente, donde la idea de paisaje quieto e inmóvil se transforma en un territorio vivo del cual hacemos parte.

Dejarse atravesar por él, abrazando la rudeza de la naturaleza es la sensación más cercana para conectarnos con nuestro ser nómada, nuestra humanidad inquieta que busca escabullirse de la quietud de la ciudad.

Colombia es un lugar especial, pues está atravesado por 3 cordilleras cargadas de espacios biodiversos y mágicos, donde la fauna y flora exuberante acompañan cada pedalazo.

Un país lleno de rincones olvidados por el Estado, pero donde se puede sentir la magia de Los Andes.

Paula Soler

Artista plástica y cicloviajera con un profundo interés por ampliar la idea de territorio utilizando como herramienta el recorrer como práctica artística.

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Lo que la bici le ha quitado a la guerra

Colombia no solo se ha gestado en la guerra, con y a pesar de esta, en los territorios han crecido iniciativas ciudadanas que le han hecho quite e incluso han sembrado vida a partir de esta. El título de este relato está inspirado en el libro Lo que le vamos quitando a la guerra, escrito por Soraya Bayuelo quien es premio Nacional de Paz de Colombia. Ella encontró en los medios comunitarios de comunicación un vehículo para transformar en memoria y reconciliación, las heridas de la guerra. Yo encontré algo muy similar en la bici cuando fui profe en la región del Urabá Antioqueño. Todo transcurrió entre el 2018 y el 2019. Para empezar, nos vamos a ir mucho más atrás. ¡Bienvenidos a conocer el poder de rodar para conectar!

PARTE I: El inicio de la bici en Urabá 

Si en los ochenta viajar de Medellín a Urabá por carretera “principal” era una proeza, ni hablar de transitar por las trochas a las veredas alejadas de los cascos urbanos de esta subregión antioqueña.

 -Profe, en Chigorodó había aeropuerto porque de Medellín a Urabá no había paso. Mutatá era el paso de la muerte, salía mejor coger avión. Así me dijo el papá de uno de mis estudiantes de sexto grado, quien recordaba que en lo que hoy es la pista de atletismo de Chigorodó, aterrizaban los aviones que viajaban de Medellín. – Unos 14 vuelos llegaban al día – decía el padre por mencionar cualquier número que evidenciara que esta era la única manera de llegar a lo que es conocida como la Tierra del Sol, región que comprende el Urabá Antioqueño, ubicada en la región noroccidental de Colombia.  

En esta misma década llegó a la región Jorge Humberto Osorio, un manizalita que arribaría a Apartadó buscando una mejor vida. Llegó a montar su taller de reparación de máquinas agrícolas, al cual llegaban campesinos con guadañas fundidas. La pasión de Jorge Humberto por las “máquinas” se extendía más allá de aquellas que trabajan el campo, su pasión estaba en aquellas que le permitían recorrerlo: la bici, la cicla, el caballito de acero. Nada de lo que hacía en su taller era en vano.

Los campesinos que llegaban a este no eran clientes, se convertían en amigos a quienes tiempo después visitaría pedaleando. Jorge era de los pocos que arribaba a esas veredas a las que no se podía llegar, y no por falta de vías de acceso, porque trocha había, sino porque la entrada a estas estaba en manos de actores armados. Primero, de un bando: la guerrilla, y del luego del otro: los paramilitares -que hoy día no se han ido porque no son foráneos. Para ese entonces, había más prevalencia de los últimos que de los primeros. 

“Ellos, los campesinos, quienes un día me buscaban para que les arreglara la herramienta de trabajo, al siguiente fin de semana me recibían a mí y a los únicos dos gatos que montábamos MTB en Urabá. Pedalear aquí era y es un paraíso: trochas que llevan a ríos, trochas que suben a la Serranía de Abibe, trochas que conocían pocos

Afirma Jorge Humberto. 

Un lujo natural pero no social, porque el tema no era de escasez. Billete había. O hay que recordar los vuelos diarios que si bien no eran 14, eran varios. Ana María Bejarano (1988), indica en sus investigaciones que Urabá producía más del 70% de la producción bananera del país que en este entonces ocupaba el cuarto lugar en exportación de este producto en el mundo. Los 200 millones anuales que le entraban a Colombia por exportación bananera en los ochenta no se veían reflejados en el progreso social de la región. El dinero estaba en manos de solo unos cuantos y por supuesto muy lejos de los campesinos amigos de Jorge. Estadísticas del DANE de ese entonces (1986), evidencian cómo la inversión social en salud, educación y servicios era precaria. Para una región que en su época tenía aproximadamente 200 mil habitantes, que generaba un flujo de capital de dichas proporciones, tener solamente 6 hospitales básicos podría parecer irrisorio. Al igual que su cobertura de servicios. Por decir un ejemplo, tres de los municipios más representativos: Arboletes, Apartadó y Chigorodó, tenían una cobertura inferior al 50% del sistema de alcantarillado. 

Esta desigualdad fue difícilmente desapercibida por Jorge. Lejos de querer negarla, su primer objetivo fue conocerla. Jorge recorrería los mismos caminos que transitaban sus amigos campesinos, pero no solo para ir de un punto a otro probando su fuerza y resistencia sobre la bicicleta. Su andar lo impulsaría las ganas de conectar con esas otras caras de las miles que tiene Urabá. Así que empezó a convocar a amigos cercanos para aventurarse a conocer la región a punta de pedal. Su primera campaña se llamó Sumando Sonrisas, con esta, logró llevar kits escolares a veredas lejanas, articulando las caras de una región desconectada por la economía de enclave, la guerra, la injusticia y el negocio ilegal.

Para Jorge, recorrer las trochas que se abrían paso en el verde bosque de la Serranía de Abibé, entre ríos, y cientos de pajaritos, era tan solo una parte del camino; conocer quienes las habitaban era más importante. Así, su prioridad se convirtió en hacer del ciclismo una actividad de impacto social.

No vinimos solo a pedalear, vinimos a hacer del pedal un puente para ayudar.

Exclama Jorge.

Así que a su morral le amarraba un balón, empacaba un par de kits escolares y mercados, e inspiraba a quienes le acompañaban a hacer lo mismo. No llegaban a las veredas a parar en una tienda, tomarse una cerveza y seguir el camino. Llegaban con las manos llenas y el corazón preparado para dibujar sonrisas a las personas de esas veredas que las que les extraían todo, pero no les llegaba nada. En palabras de Jorge: llegar en bicicleta por los propios medios, generaba admiración. 

Y sí, recibir en el lugar que vives y casi nadie visita, a un ciclista que ha invertido un esfuerzo físico y mental importante, genera un sentimiento que es para mí unos de los pilares de la conexión humana: la curiosidad. Con esta llegan las preguntas y una buena conversación.

UN PARÉNTESIS: Mi turno de recorrer esta región a punta del propio motor

En el 2018, casi 30 años después de la llegada de Jorge, aterricé en el Urabá como profe del programa Enseña por Colombia en un colegio urbano del Municipio de Chigorodó. En la semana santa de ese mismo año agarré mi bicicleta y con un amigo nos fuimos a recorrer 7 de los 11 municipios de Urabá. Durante este viaje recogí todos los frutos que había sembrado Jorge y pude recorrer por mis propios medios las trochas que antes eran intransitables, que estaban en disputa o eran tierra de otros.

En realidad, el dominio de estos caminos por los actores armados no es cosa del pasado. Pero sentí cómo el ciclismo le había ganado terreno.  Arrancamos un día cualquiera de marzo: platanales, ríos, cultivos de maracuyá, comer fruta a borde de camino y muchos encuentros con personas maravillosas nos acompañaron todo el camino. Respondí en varias ocasiones a esas preguntas que solo surgen cuando se anda a dos ruedas: ¿por dónde vino?, ¿cuánto tiempo se tomó?, ¿muy duro el camino?  

El encuentro a dos ruedas siempre genera preguntas y dónde hay preguntas hay conexión.

Tuvimos la fortuna y la sorpresa de tener todo tipo de encuentros: con campesinos, tenderos, amigos e incluso un retén paramilitar preguntando hasta dónde íbamos a rodar. Pero la bici rara vez la detienen completamente y siempre seguimos como siguió Jorge cuando abrió el camino.  Cada vez más cargados de sonrisas, conexiones y aprendizajes. En la primera etapa arranqué de Chigorodó a Turbo, 67 km de una carretera pavimentada, plana y sin mucha variación en el paisaje: cultivos de plátano al lado y lado que muestran cómo este monocultivo es la base de la economía de la región. Como telón del fondo, al costado occidental, me acompañaba la Serranía de Abibé. Con el avanzar de los kilómetros la Serranía va desapareciendo para abrirle paso a las planicies de la costa caribeña.

Llegué a Turbo a encontrarme con Richie, otro profe del programa Enseña por Colombia. Al día siguiente arrancamos a San Pedro de Urabá. Cogimos rumbo a la Serranía por un desvió que sale hacía el occidente de la carretera. Vendría el único Alto del todo el recorrido: Mulatos. 3 cortos kilómetros de carretera destapada que nos llevarían al municipio que mezcla por excelencia la cultura cordobesa y la antioqueña. En total fueron 50 kilómetros con muy poco desnivel. En este municipio las condiciones eran distintas, la sensación de seguridad era extraña: nada pasaba, pero te sentías profundamente vigilado. Aquí el dueño de lo que se hace y deja de hacer no es propiamente el Estado, son otros y la relación de estos con las instituciones es completamente difusa por no decir otra cosa.

Al día siguiente partimos desde aquí hasta Arboletes para llegar por primera vez en mi vida pedaleando al mar. Nos advirtieron que la vía secundaria era un terreno vigilado y controlado por los paramilitares. Indicaron que seguramente no habría problema, pero tendríamos que lidiar con un retén. Y así fue. Salimos de San Pedro muy temprano en la mañana y cogimos la carretera destapada que conducía al corregimiento de Santa Catalina, reconocido por ser la sede de Carlos Castaño uno de los líderes de las Autodefensas Unidas de Colombia. Para nadie es ni será un misterio que aquí vivía y su negocio se movía. Tanto así que había pista de aterrizaje para sus avionetas.

Continuamos el camino hasta la “y” que desvía a Montería o a nuestro destino final, justo en este momento nos “pararon”. Para una citadina que ha visto la crudeza con la que los medios retratan la guerra, este pudo haber significado un momento de mucho miedo, pero no lo fue. Solo una charla, un par de palabras, claridades y seguimos. Quizá nos dejaron seguir por profes, o ciclistas, o por qué estaban de buen ánimo. Aunque son perversos, en realidad han logrado legitimarse no mostrándose tan malos y es fácil creerles. Tanto así que no sentí ni cerquita miedo, quizá porque en sí son humanos, pero en la guerra siempre lo olvidamos.

Antes de llegar a Arboletes ya divisábamos el mar a los lejos: 87 kilómetros después de rodar habíamos llegado. Ese día justo la selección Colombia jugaba contra Rusia, y aunque se suponía ser un día de celebración, en realidad nos enfrentamos a una situación que nos estremeció por un buen rato. ¡A Richie le robaron los tenis!  Después de un tire y afloje, los recuperamos dialogando con el “pelao” que los había tomado prestados-sin-permiso. Me preguntó que qué le iba a dar, le dije: “Nada. El bien se hace porque sí, ya está”.

Nos fuimos con el sinsabor de no haberlo recompensado, pero el dinero creí no sería la mejor manera. Así que en un pedazo de servilleta le escribí un poema. Richie le hizo una figura en origami. Quizá no era lo que él esperaba, pero al menos tendría la satisfacción -espero- que dos personas se pausaron y crearon para él.

Al día siguiente arrancamos a Necoclí, la Perla del Caribe, 100 kilómetros de carretera pavimentada, muy caliente, llena de “repechos” (pequeñas rampas). Una carretera bordeada por el mar, los guayacanes, los cultivos de níspero y guanábana. De las últimas nos comimos las mejores: cultivadas por Teófilo y sus 7 hijos. “Como guanábana que eso le da cañaña”, dijo Teófilo. Y sí que tenía razón porque qué energía la que nos dio. En Necoclí disfrutamos de la playa, los amigos y el mar. Un par de días de descanso antes de la etapa final. La última fue desde ahí hasta Chigorodó: 100 kilómetros de regreso de disfrute y satisfacción de una vuelta llena de paisaje, gente berraca y matices. Un recorrido para reflexionar cómo incluso con la guerra latente la gente ha seguido andando, tanto cómo nosotros pudimos hacerlo.

PARTE II: La bici llegó para quedarse

Jorge abrió camino incluso en los lugares más retadores. En el 2017 Sumando Sonrisas llegó a Saiza, un corregimiento en el Municipio de Tierra Alta, Córdoba, al que hasta hace muy poco solo se podía llegar desde Carepa, Antioquia. Después de masivos desplazamientos a causa de dos tomas al pueblo, una a manos de la Guerrilla en 1988 y otra a manos de los Paramilitares en 1999, Saiza perdió por despoblación la categoría de corregimiento convirtiéndose en un pueblo fantasma, aun cuando residía gente en este. La escuela no tenía profesores, el puesto de salud dejó de atender y más de 3.000 familias salieron del pueblo.

En el 2017, Jorge convocó una pedaleada para construir un parque infantil. La rodada inició en el municipio de Carepa. Este recorrido es quizás uno de los más emblemáticos de la región, pues es el ascenso transitable más largo a la Serranía de Abibe. La etapa tiene dos tramos: 25 kilómetros de ascenso hasta la vereda el Cerro, y luego otros 20 de descenso hasta Saiza. Fueron convocados 9 equipos de MTB y 4 delegaciones campesinas. Para los habitantes del pueblo recibir a decenas de ciclistas y construir de la mano de ellos, un lugar para divertirse, jugar y compartir fue un punto importante en el largo camino que lleva Saiza para reconstruirse.

En el mes de febrero de 2019 se convocó una pedaleada a la vereda San Miguel, del municipio de Apartadó. No la organizaron solo los ciclistas, se hizo de la mano de las personas de la comunidad: -hacemos un sancocho que a todos les guste, y con lo que se recoja hacemos un buen puente para que los niños puedan pasar el río e ir a la escuela. – propuso Jorge.  Cada líder convocó a su grupo. Si antes Jorge iba con 10 amigos, en esta pedaleada éramos más de 50. Ir a los lugares no es cuestión de transitar, sino también de conectar y por qué no de construir juntos un lugar mejor.

Hoy día existen más de 50 clubes amateurs en la región y con esto, líderes que logran convocar a sus equipos para pedalear varias veces a la semana e incluso varias veces al día. Estar en el Urabá es darse el lujo de adentrarse en una trocha en plena noche, pues siempre hay algún equipo que se aventura a desafiar algún trecho que conduce a la Serranía de Abibe o visitar el municipio aledaño; sean los correcaminos de Chigorodó, los Halcones de Turbo, MTB Urabá de Apartadó, entre muchos más. Cuando los movimientos crecen es posible que su objetivo original se transforme.

El espíritu de ser un deporte de impacto social no ciñe a todos los grupos, pero no por esto han cesado las pedaleadas para construir de la mano de la gente de las veredas, nuevas posibilidades. Los caminos que conducen a las veredas no les pertenecen a los ciclistas. Por fortuna no han sido conquistados por estos, porque si algo ha enseñado Jorge es que la idea es que el ciclista no se apropie de los lugares que transita, simplemente que los recorra en libertad, reconociendo a quienes los habitan y motivando a que juntos se sueñen un mejor lugar: uno para mejor vivir y pedalear.

A decir verdad, los caminos y veredas siguen siendo de ellos, los innombrables que varios conocen e incluso defienden; en tierra donde quien agrede también protege, las líneas de héroe y villanos son difusas. Sin embargo, la guerra ya no es dueña de los miedos, las ganas y la posibilidad de rodar le han ganado al terror y temor que la violencia profundamente había infundido. Definitivamente, el ciclismo ha llegado a lugares donde la guerra a ningún otro le había permitido entrar.

“Cuando se llega en bici, se llega con el alma renovada y el cuerpo cansado. ¿Quién combate después de echar biela?”

Dice Jorge. Donde antes sonaban solo las botas de la guerra, hoy suenan las cadenas de las bicicletas. 

El sueño de Jorge es que la bici le quite a la guerra no solo el dominio sobre los caminos, sino también y aún más, sobre la vida de los niños de la región. Él busca que se forje acero para pedalear, que se coronen subidas y no que se cobren vidas. Por eso, hoy le apuesta más que nunca al semillero infantil de MTB, apoya a un ciclista joven que se apoda Matrix que está entrenando en la Ceja para a entrar al ciclismo de ruta profesional y organiza travesías anuales para llegar a los lugares más emblemáticos y remotos de esta tierra que no por nada en Emberá significa Tierra prometida. 

Lo que la bici le ha quitado a la guerra lo ha hecho a través del mejor combate: del que no se hace de frente ni con violencia. Llegar por los propios medios, a punta del propio motor -piernas, mente y corazón- cautivó la pasión de más de uno en la región. El país tiene mucho que aprender de este movimiento que no es solo deportivo: es social y ciudadano. El tejido social, el cambio de hábitos, el movimiento en otros sectores de la economía son dignos de ser reconocidos.

El ciclismo de Urabá deja la lección de que los rincones no solo hay que andarlos, llegar a comer un par de bocadillos, barras, salpicones y limonadas, dejando la basura y yéndonos cómo si nada. Ojalá que la fuerza que se invierte en andar y coronar, también se invierta abrir nuevos caminos geográficos para generar conexiones con estos lugares y las personas que los habitan. Reconocimiento mutuo, y un andar tranquilo a ritmo de biela y no de guerra.

Natalia Ramos

Estudió ciencia política y psicología en Bogotá, Colombia; y descubrió que el deporte y el arte son vehículos potentes para entender la mente y articular el cambio que estudió en sus carreras. Le encanta bailar, rodar.

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Mi camino desde el maratón al cicloturismo

Me seduce la idea de comenzar un escrito en una revista de cicloturismo diciendo que no me siento ciclista, que me considero un corredor y encuentro el maratón la prueba más impresionante a la que me enfrenté, la famosa Reina. En esa época mi nombre en las redes era Corresegundo y no podía ver la bicicleta, la padecía. Luego de un esfuerzo importante, ya una maratón, ya un fondo de más de veinte kilómetros, solía tomar la bici y hacer unos pocos kilómetros para descansar las piernas. Desde que salía hasta que llegaba estaba puteando; no me gustaba pedalear, pues era corredor.

Correr fue la única actividad en la que logré regularidad, ya que tengo un doctorado en dejar cosas por la mitad, y si esto hubiese sido rentable, no lo duden, sería vecino de Bill Gates. Fue notable cómo adquirí el hábito, para algunos obsesivo, y les otorgo algo de razón, llegando a ordenar mi jornada con base en mi entrenamiento. Vale aclarar que estaba muy lejos de la excelencia; de hecho tuve una idea que perfectamente se podía aplicar en ocho de mis diez maratones: el tipo que ganó puede irse a su casa, bañarse, tomar un litro de cocoa, orinarla, volver, y yo aún no haber llegado.

Contemplando el Cerro Arequita
Lavalleja, 2019.
Contemplando el Cerro Arequita, Lavalleja, 2019.

Pero el destino tenía para mi otros caminos, a ser transitados  en dos ruedas. Fue así que el doctor me notició de un principio de artrosis en las rodillas, por lo que tuve que dejar de correr. Con agrado, luego de pasado el tiempo, he notado que mi reacción en ese momento no fue de enojo ni de tristeza, no renegué ni maldije, al contrario, con mesura agradecí por poder haber corrido tanto siendo consciente de que hay mucha gente que sí tiene problemas de verdad. Esta postura me ayudó a tomar la bici con gusto, no sintiendo en absoluto el cambio. Por el contrario, comenzó a germinar la semilla del cicloturismo que estaba guardada en mi inconsciente desde hacía mucho tiempo.

Unos ocho años atrás había conocido en Kiyú a un brasilero que había salido de San Pablo en bicicleta,  hasta llegar a conversar conmigo. Yo no lo podía creer; me mostró la bici con las alforjas que me resultaron de otro planeta. Me imaginé el esfuerzo enorme que debía hacer para lograr hacer andar toda esa bici; pero la cara del tipo, la alegría y la energía que transmitía no tenían nada que ver con lo que yo imaginaba. ¿Y no tenés miedo?, pregunté… La cara de asombro con la que me respondió no la olvidaré jamás, No, ¿a qué le voy a tener miedo? Ahí me di cuenta de que el que tenía miedo era yo.

 Otra experiencia que considero central en mi devenir a Ciclosegundo fue el conocer la experiencia de un flaco que unió Bella Unión con Montevideo… ¡en monociclo! Recuerdo que pensé muy contento, este loco es un tarado, es un crá. Quedé fascinado con ese plan tan distante de las pautas utilitarias que nos imponemos  día a día. Escuché una nota en la radio y la alegría del flaco me hizo recordar al brasilero, y me dije, yo quiero eso, refiriéndome a la alegría, ni loco al monociclo. El paso siguiente fue buscar información en internet, conocer a Bikecanine y todo fluyó de una manera maravillosa.

Listos para mi primer salida.
Todo adrenalina. 2019.
Listos para mi primer salida. Todo adrenalina. 2019.

He pensado mucho en la conexión que hermana el maratón con el cicloturismo. El gusto por el esfuerzo en grandes distancias y durante mucho tiempo es lo primero que se me viene a la mente. También ambas actividades han generado los mismos argumentos, todos hijos de la buena intención de mis allegados a la hora de  intentar disuadirme, “Estás loco”, “Qué necesidad”, “Andá en ómnibus”, “Dedícate a laburar”. Pero el punto que más me gusta y quiero compartir con ustedes es el siguiente: el maratón es una prueba de una exigencia tremenda, es poco probable que una persona haga un esfuerzo similar alguna vez en la vida. A medida que la prueba aumenta también lo hace el cansancio, el deterioro físico y mental, sobre todo en casos como el mío, donde mi metro ochenta y cuatro y mis noventa kilos me alejan de un físico ideal para esta prueba.

De los treinta kilómetros en adelante todo se hace de plomo, y me resulta imposible transmitir lo que se siente sin cargar el escrito de adjetivos, y por nada en el mundo quiero parecerme a Scelza. El hecho es que hay corredores que utilizan un mantra para superar estos momentos. La repetición de una palabra, una frase, un sonido, que en mi caso era Mente Feliz. Mente Feliz, dos pasos, Mente Feliz, dos pasos y otra vez, así por kilómetros, concentrado, hasta que llega un momento en que lo único que existe es Mente Feliz, y te olvidás de la carrera, del dolor, del cansancio, lo único que existe es Mente Feliz.

Cuando llevo la bici muy cargada.
Cuando llevo la bici muy cargada.

En la bici lo que me pasó fue al regreso de mi primer viaje a Lavalleja. Luego de pasar Santa Lucía y de haber hecho setenta kilómetros duros estaba reventado, la venía pasando muy mal,  ya había parado varias veces y quería llegar ese día. Fue entonces que escuché en la radio el final de una canción de folclore y al locutor nombrando el grupo que interpretaba, los músicos, y qué instrumento tocaba cada uno. Así supe que fulano de tal tocaba la quijada de burro… y me llamó la atención… la quijada de burro, quedé pensando… y sin proponérmelo comencé a imaginar a un tipo tocando la quijada de un burro, ¡pero vivo!, lo dificultoso de dicha práctica, la cara del burro no entendiendo qué era lo que allí pasaba, el cerrar con toda su fuerza la boca haciendo infructuosos los enormes esfuerzos del músico para ejecutar su parte. Todo esto ante la mirada atónita del público. Imaginé los preparativos para la actuación, comportamientos solemnes, rostros serios, guitarristas que acomodaban sus micrófonos, y al fondo el tipo cinchando del burro para subirlo al escenario mientras que el jumento, clavando las patas al piso, se negaba a formar parte de la actuación.

Quien me hubiese cruzado en ese momento en la carretera habría visto a un cicloturista con la sonrisa de oreja a oreja y cada tanto largando una carcajada. Toda esta película  durante media hora. El hecho es que me olvidé del cansancio y salí del pozo, estando a las tres horas en mi casa en San José de Mayo de vuelta de una de las experiencias más maravillosas de mi vida, con el corazón exultante, agradecido y pensando, ¡Bendita artrosis!

Jorge Segundo

Buen muchacho. Como decía mi viejo, Come bien y duerme mejor.

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21 VELOCIDADES

Desde mi juventud hasta mi edad adulta actual, siempre elegí bicicletas de paseo, me defino como una ciclista urbana lenta. Desde hace años opté este vehículo para mi movilidad, entendiendo cada traslado como un paseo, ir a un ensayo, a la facultad o a trabajar. La premisa: disfrutar el viaje y mover el cuerpo; la espalda recta, el peso en un canasto, un asiento parecido a un puff y escasos cambios que más que usarlos como fuerza para avanzar, eran la bendición de alivianar algún repecho. 

Pal’ Mate. La Paloma Enero 2021
Pal’ Mate. La Paloma Enero 2021

Y así, ostentando disfrute y escasísimo sudor, supe siempre salir temprano para llegar (casi siempre) en hora. Con los años el paseo se convirtió en recorrido, luego en movilidad y después en activismo. Y ahí fue cuando las 6 velocidades de la hermosa bici turquesa de paseo quedaron cortas. Empecé a querer más, ir a todos los lugares en bici, hasta a fiestas donde el seguridad colapsa pensando donde podemos estacionar.

Ir más lejos e ir más rápido. La cabeza se acelera más que las piernas, y la idea se convierte en deseo y ese deseo deja aparecer otros sueños y metas. ¿Y si nos vamos a Rocha en bici? Este creo es un hito en la mayoría de los ciclistas uruguayos, a todos se nos pasa por la mente ese destino, a veces solo como un deseo lejano, la proeza de algún conocido, o una imagen desde el bondi o desde el auto que se nos cruza en la ruta.

Como en la bici, la idea salta de nivel, toma fuerza y se acelera, ¿y si este enero sí nos vamos a Rocha en bici? 

Laguna de Rocha, Uruguay. Enero 2021
Laguna de Rocha, Uruguay. Enero 2021

Ya de solo pensarlo (en serio) corren desenfrenadas las ganas, la curiosidad, las dudas y las certezas. Decenas de pestañas en internet, comparando precios de bicis, leyendo blogs y preguntando por todos lados consejos. Las devoluciones siempre positivas, hasta cuando no se sabe la respuesta el mensaje siempre es de aliento. Ahora con la idea en marcha, como en el camino, todo se va acomodando y avanza.

Lo siguiente fue hacer la segunda cosa que más me gusta después del ciclismo: reventar la tarjeta de crédito. 

Con la ayuda de una amiga encontré a “Gretel 2” (sí, les pongo nombre a las bicicletas), y mientras empezamos a entrenar distancia con mi hermano, se iban sumando la parrilla, alforjas, portacaramañola, pulpos, guantes, luces. Garabateamos muchos recorridos, calendarios y lista de cosas a llevar. Y mientras mandaba solicitudes a grupos de ciclistas, se sumaron un primus, la olla, el sartén, consejos, piques y una gran energía que se sentía como una bajada con brisa, a la sombra y en primavera. Cada vez más rápido, más velocidad, más cosas, más checks en las listas, hasta llegar al cambio 21. Con todo listo, armado y la alarma puesta; frenar fue imposible. Esa noche previa la cabeza y el corazón seguían pedaleando nerviosos y optimistas.

Amaneciendo en el camino. Atlantida Enero 2021
Amaneciendo en el camino. Atlantida Enero 2021

Salimos, y todo volvió a ser como antes, la movilidad y el activismo se quedaron en Montevideo, y el recorrido, desde el cambio 1 al 21, sin importar la velocidad, volvió a ser un paseo.

Nos bendijeron los dioses del clima, y los santos de las pinchaduras, un montón de amigos que nos abrieron sus puertas y muchos ciclistas que nos cruzamos en el camino y que se sentían como hermanos que compartían la satisfacción del avance y el regalo del amanecer en la ruta.

Pasaron kilómetros, playas, panaderías, amaneceres, chapuzones, buñuelos de algas, mates, pausas.

Y el destino nos recibió felices, ostentando disfrute y escasísimo sudor.

Agradeciendo a las bicis, a las piernas, a los ojos y al corazón que reconocen, que tanto en el ciclismo como en la vida, la recompensa es el camino.

Florencia Dumas

Ciclista urbana, voy a todos lados en bici. A ritmo lento y casi siempre cargada. El canasto es mi aliado, y en las bajadas suelo bailar contra el viento.

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Mapa de viaje

“Mi primera travesía sola en bici, con unas alforjas tan llenas de ilusiones como de miedos.”

El camino está lleno de señales. Prohibido detenerse. Curva peligrosa. Despacio. Máxima 40. Pero esas no son las señales que guiaron mi viaje en solitario por Salta, Catamarca y La Rioja en 2019. Mi primera travesía sola en bici, con unas alforjas tan llenas de ilusiones como de miedos. Dos meses para recorrer los caminos del noroeste argentino (NOA). La idea era, en líneas generales, seguir la ruta 40. Sabía dónde iba a dormir los primeros tres días, el resto estaba por definirse. Llevaba conmigo carpa, cocina a gas y unos muslitos más llenos de entusiasmo que de entrenamiento. 

Buenos Aires. Avión a Salta capital. Empiezo a pedalear con nubes y confianza. Cuesta del Obispo, Cachi, ya estoy en la 40.

Camino a Antofagasta de la Sierra, Catamarca. 2019.
Camino a Antofagasta de la Sierra, Catamarca. 2019.

En Seclantás, Salta

Un pueblito de un puñado de manzanas y muchos telares, sucedió ese primer encuentro que cambiaría el viaje por completo. Divisé a lo lejos una mujer entrada en años cargando unas bolsas muy pesadas. Me ofrecí a llevar la carga en la bici. Vi en sus ojos años de lucha y de fortaleza. Aunque de pocas palabras, rápidamente me compartió su historia y me abrió las puertas de su casa y su familia. Ella me veía a mi fuerte por viajar sola en bici. Yo, a ella, la veía inmensa. 

Comprendí que esos encuentros del camino tenían, para mí, una riqueza y una belleza mucho más profunda que el más hermoso de los cerros. Comprendí que el viajar en bici me abría las puertas de los hogares. Comprendí que había pedaleado cuestas eternas para encontrarme con ella, aunque cuando partí de Buenos Aires no lo sabía. 

Mascando coca al sol. Seclantás, Salta. 2019.
Mascando coca al sol. Seclantás, Salta. 2019.

Después de Seclantás siguieron Molinos, Angastaco, Cafayate. Breve paso por Tucumán. Entro a Catamarca. San José. 

Permitido detenerse. 

Aunque este era un viaje en bici, me permito no pedalear una semana para compartir con Gladys, en El Tesoro, Catamarca. Joven, curiosa, cocinera, Gladys  ama profundamente los cerros que la rodean. Contenta, me cuenta que afortunadamente no encontraron oro en su cerro, el temor de que contaminaran el agua la acechaba. Gladys tiene mi edad  y compartimos sinceramente nuestras búsquedas y nuestros miedos. Ella aprovecha nuestro encuentro para sacarse todas sus dudas: ¿en la Ciudad de Buenos Aires no hay monte con espinas?, ¿es lindo viajar en tren?. Las preguntas de Gladys seguían resonando dentro mío cuando me subí a la bici y partí de El Tesoro. 

Al costado de la ruta con Ricardo, Eugenia y Mausi. La Rioja, 2019.
Al costado de la ruta con Ricardo, Eugenia y Mausi. La Rioja, 2019.

Paso por Hualfín. Nuevo cartel: desvío. Abandono la ruta 40 para subir a Antofagasta de la Sierra (3300 msnm). Empiezo por Villa Vil, sigo por Los Nacimientos de San Antonio, Laguna Blanca, El Peñón, Antofagasta de la Sierra.

En Los Nacimientos, Rosa me invita a su hogar. Me lleva a buscar leña por caminos de montaña solitarios y me dice “esta es nuestra avenida principal”. Su humor, su espontaneidad, su generosidad,  su sinceridad al decirme vuelva a visitarme, aún hoy me conmueven.

En El Peñón

Espero un ratito sentada en la plaza del pueblo, como suelo hacer al llegar a un lugar nuevo, e Inés me invita a su casa. La bici y las alforjas llenas de tierra despiertan la curiosidad. Inés me regala un atardecer lleno de su historia y lágrimas de emoción. 

Sugerente señal en la ruta 40, Catamarca. 2019.
Sugerente señal en la ruta 40, Catamarca. 2019.

Sigo camino. La Puerta, Belén. Adiós Catamarca, bienvenida a La Rioja.  Andolucas, Chilecito, La Rioja capital. Finalizo este viaje de 1400 kilómetros en la casa de Ricardo, Eugenia y Mausi, primos de mi papá, familia que me regaló el camino. Literalmente. 

De este viaje recuerdo las cuestas que me dejaron sin aliento, la belleza de los cerros, los pinchazos, el día que granizó. Pero más allá de eso, este viaje cambió, para siempre, mi forma de ver un mapa. Ya no son las ciudades y pueblos, sino el rostro y los nombres de las personas que me acogieron y que añoro poder volver a abrazar. Sueño que voy a seguir llenando el mapa de mi hermosa Argentina con el rostro de mis hermanos y hermanas. 

Hay un mate esperando ser compartido en cada hogar. Encontrarnos y compartir sinceramente sana cualquier herida. ¡Buenos caminos! ¡Buenos encuentros!

Yamila Mercedes Barrera

Nací en la Capital Federal, pero me crié en el conurbano bonaerense. Disfruto de viajar en bici, leer, bailar folclore, hacer yoga y remar. Licenciada en matemática devenida en analista de datos de profesión.

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BICITANTES

¿En bicicleta? – Le dije a Mati cuando planeábamos viajar juntos y largó esa idea.

Ahí me contó que en una vuelta por Brasil había conocido cicloviajeros y entonces quedó resonando en él esta posibilidad.
Esto fue conversado en octubre del 2016 y para abril del siguiente año estábamos saliendo.

Durante el viaje, que duró casi dos años, conecté como nunca con la escritura, redactando desde la bitácora kilómetro a kilómetro, incluyendo distancias, lugares y personas que fuimos conociendo, a reflexiones surgidas de los movimientos internos más profundos. En un momento comenzó a vibrarme la idea de escribir un libro con tanta data que se materializaba en los cuadernos y hasta el día de hoy, dos años después de concluida la aventura, eso aún no ha sucedido. Esto me hace ver lo distinto que es manifestar lo que se vive y siente en un momento específico, a la proyección de un trabajo de edición para compartir públicamente. Mientras sigo trabajando en eso, que no sé cuánto tiempo pueda llevarme, les hago un recorrido por nuestra experiencia de viaje.

Como dando nuestros primeros pasos, partimos toditos chuecos.
Probar las bicis con 4 alforjas fue sinónimo de despedida.
Chau amigos, chau familia, chau barrio 5 esquinas.
Nos fuimos hacia el oeste, de Pando hacia Argentina.

Llegamos en 10 días, mientras nos fuimos adaptando.
Vinieron los primeros pinchazos y aprendimos a repararlos.
Vinieron repechos con viento en contra y nos paramos en los pedales.
Se nos rompieron los pulpos y volaron las alforjas.
Por momentos no había banquina y nos pegamos al camión que estaba por pasarnos, en un acto casi suicida, para con su aire propulsarnos.
Un día en un finito, casi no la contamos.

Nos hospedaron por WarmShowers, una aplicación cicloviajera.
Allí no es por dinero, sino que es una mano al que anda en viaje.
Hubo WarmShowers de 1 día y otros varios de 1 mes.
Hubo WarmShowers que hoy son familia también.
Nuestras casas más habitadas fueron las carpas, hubo veces que las armamos sin ver nada.
Solo unas veces dormimos en la vereda pelada y todo estuvo bien.
Cuando tal fue el calor que adentro de la carpa ya no se podía, conseguimos hamacas y  mosquiteros que pasaron a ser camas.
De Rosario hasta Córdoba, en cada pueblo que fueron como 10, nos recibieron los bomberos voluntarios. 

Y quedamos maravillados con su voluntad. 

Recuerdo y me erizo


En lugares estuvimos de pasada.
En otros estuvimos un rato.
No había cronograma, desde el principio vimos que no funcionaba.
Era más bien sintiendo en cada desvío qué camino nos llamaba.
Recuerdo y casi lloro, por esos días de nomadismo,
de hermandad y de conocer, de descubrir qué más.

Caminamos capitales, ríos, montañas, playas, poblados.
Anduvimos senderos, ripio y asfalto.
Gastamos cubiertas y algunas cámaras no se bancaron ni un pinchazo más.
Rompimos rayos, frenos, descarriladores y hasta nos atropellaron el tambor.
Ese compañero de viaje que mi amigo el ruso me regaló

Era un Derbake o Darbuka, de origen: medio oriente.
Una percusión pequeña, liviana y sonadora, ideal para viajar.
El Mati viajó con su trompeta.
Éramos y somos un dúo musical.
Hicimos bondis, semáforos y restoranes para trabajar.
Otras veces en calle o fogones la supimos gozar.
También vendimos postales y marca libros con fotos del viaje y frases.
Las trocábamos por dinero, comida o lo que fuera necesario en el momento y muchas veces fue un recuerdo para alguien a quien le tuvimos afecto.
Vendimos luces para bicicletas; nuestro producto de desarrollo.
Va chivo de @luzFN, búsquennos para saber más de eso.

No siempre compramos comida, gran parte de ella la pedimos.
No es una vergüenza haber mendigado el alimento.
Tanto sobra, tanto se tira, tanto no se aprovecha por tener una mancha.
El recicle de cada día, con alegría y una sonrisa ante ese posible “No” al cual igual agradecíamos.

Hubo más viajeros con los que compartimos y de nuevo me emociono.
Conocimos al Javi, al Chino y a la Negra en Tucumán, y por 4 meses no nos despegamos.
El Javi de mochila, caminante de los caminos.
Y el Chino y la Negra, pareja entrerriana, andantes de la bicicleta.
Marcábamos destino mirando el mapa.
Las 4 bicis marchaban y allá el Javi nos encontraba, por lo general nos esperaba.
Hicimos Salta y Jujuy, y juntos caímos en Villazón, del lado de Bolivia.
País desconocido para los 5 que juntos fuimos descubriendo.
Cada festejo era con pizza y en Tupiza fue con chicha y limonada.
En Potosí más que nada era con torta, y un 1.º de agosto, cumpleaños de mi padre y de la Pachamama, filmamos un video con velitas y dedicatoria.
De Potosí nos fuimos a unas termas y dentro de una piscina se nos rieron hablándonos en Quechua.
Después nos hablaron en español para contarnos que solamente, parecíamos bichos raros.
De allí fuimos a Betanzos, donde vi por primera vez la nieve.
En Sucre nos despedimos por un tramo y en Santa Cruz nos reencontramos los 5.
Pasamos unos días más y ahí sí nos despedimos por tiempo más largo.
Con el Javi seguimos hacia Brasil, por la base sur amazónica boliviana.
La Negra y el Chino siguieron hacia Perú.


Apenas nos separamos el Rodri apareció.
Cicloviajero brasilero volviendo a Brasil y nosotros que íbamos hacia allí, hicimos grupo para seguir.
En seguida el Javi se adelantó; quería ya llegar a Río de Janeiro.
Nosotros por Corumbá, Mato Grosso do Sul, cambiamos de país.
En São Paulo nos separamos de Rodri con idea de reencontrarnos, pero hasta hoy eso aún no ha sucedido y entonces, después de tanto, se volvió al dúo inicial.

Contamos, por otra parte, con un visitante o BICITANTE estelar: El Daniel.
El padre de Mati que se vino dos veces a pedalear con los gurises, y una tercera vez al disfrute del mar.
Sabio y experiente, escogió, a mi forma de ver, los tres mejores destinos del viaje.
Primero fue por Córdoba, en la expedición por las sierras.
Las cruzamos juntos de lado a lado visitando lugares increíbles.
De Alta Gracia a Sierras Chicas, Quebrada del Condorito en la cima.
Hubo acampe, WarmShowers y bomberos voluntarios con él.
Fue como hacerle un resumen de lo que venía siendo el viaje.
La segunda fue por Brasil, esta vez cruzamos la Sierra do Mar.
Se vino el Dani con la bicicleta en el avión.
Desde el norte argentino y Bolivia, donde pasamos un frío invierno, decidimos dirigirnos al mar, al calor y luego de cruzar estas sierras, con el Daniel, cumplimos esta misión.
Pedaleamos un tramo de la costa paulista y cruzamos a Ilha Bella como último lugar.
A la siguiente mañana de hacer pizzas para una banda femenina de samba, se nos vino otra emotiva despedida.
Abrazos de padre a hijo, y de hermano de hijo a padre.
Y seguimos adelante.

Hicimos playa, pedaleamos el calor y en el primer balneario de Río se detuvo el motor.
Llegamos a Trindade, un poco al sur de Paraty.
Se formó galera Argentouruguayachilenobrasilera y la quedamos por ahí.
Quisimos salir de la ruta, darle pausa al pedaleo y disfrutar de nuevo estar en un lugar.
Trindade y la galera nos abrazó.
El Daniel sin bici regresó.
Pasamos navidad y fin de año.
Pasaron muchos momentos y para mi cumpleaños nos regresamos.
Le dimos cierre al viaje y nos volvimos en camión de São Paulo a Pando
Las bicis siguen en Trindade, en lo de Malú, cargadas con sus cosas y alforjas.
Quizás las estén usando, ¡ojalá! Practicamos el desapego, las despedidas y los encuentros.
Nos abrimos al amor y al compartir.
A vivir con poco para hacer espacio a lo mucho.
A respetar el espacio y cada ser.
Entender que hay un orden y que la gran parte de todo está desde antes que nosotros.
Que somos uno con ese todo y que ese todo no está para servirnos.
Sí que es servicial y que nos quiere bien, pero que no por eso somos más, no estamos por encima de nada ni por debajo de algo tampoco.

Una experiencia de vida, una alternativa a lo conocido.
Una reconexión interna en simbiosis con un gran invento: la bicicleta.

Santiago Martínez
Caballero

Tengo 28 años y vivo actualmente en Piriápolis, Uruguay. Había vivido hasta los 24 en la ciudad de Pando y en el 2017 comenzamos con un amigo un viaje en bicicleta que duró casi 2 años. Luego de esta experiencia y tantos aprendizajes, volví enfocado en hacer compost y huertas y a eso me dedico por estos días.

Reflexiones de un cicloviaje por tierras desconocidas y no tanto.

Huyendo un poco del agua salada y las rachas de viento constantes del este del país, nos aventuramos esta vez por caminos tan poco conocidos como transitados. Así fue que a comienzos de un año muy esperado por muchos, partimos con nuestras bicis desde Nuevo Berlín (mi pueblo natal) costeando el Río Uruguay rumbo al norte. Con “partimos” me refiero a estos dos humanoides (Mathias y Pia -quien les redacta-), guiados por una gata, domadora de zorros salvajes, llamada Nina.

Paramos unos días en San Javier (colonia rusa) donde lo de unos amigos que nos mostraron el río que nos vio crecer desde adentro. También nos mostraron lo mejor de dos mundos unidos en un plato tan ruso como uruguayo: Varenyky, una delicia que llegó para quedarse en las costumbres de este pueblo. 

Cómo cuesta irse de donde te tratan tan bien. Pero no salimos para estar tan cómodos. Seguimos viaje, y este segundo tramo nos dejó en la República caribeña de Paysandú. Al transcurrir la tarde me preguntaba cómo puede vivir la gente con ese calor sofocante, pero cuando ves la hermosa costa del mismo Río entendés la recompensa. Una ciudad inmensa sobre el río Uruguay con la esperada influencia de los vecinos argentinos; el intercambio es inevitable cuando somos tan parecidos. Supo ser también un polo industrial del país, aunque son pocos los galpones que se mantienen funcionando. Acá, a pesar de tener fama de domadora de fieras salvajes, Nina tuvo un acercamiento del tercer tipo con un animal doméstico que suele ladrar para comunicarse. Ya no podíamos tener a la fiera encerrada en la única ciudad pavimentada que estaba en el itinerario, así que nos alejamos de la ciudad para dirigirnos al oeste.

Nos adentramos en un camino cada vez más interesante. Pasando el pueblo El Porvenir nos vimos tentados por un cartel que anunciaba un desvío hacia la Aldea de la Bondad, pero la tentación era más fuerte, así que hacia ahí nos dirigimos. Casi llegando a este lugar de nombre tan llamativo, nos sorprendió un camino perfectamente asfaltado haciendo honor al nombre del poblado. Pero ahí no más quedo la sorpresa cuando volvimos al camino de tosca que tanto extrañábamos. Nunca habíamos sido tan engañados por un camino. Ese día término el recorrido a orillas del arroyo Negro, el límite natural entre el departamento de Paysandú y Río Negro. Ducha de agua fresca con servicio de pedicura, cortesía de nuestras anfitrionas las mojarritas, y a descansar para adentrarnos, una vez más, en el departamento de Río Negro al día siguiente.

Después de tanta civilización, Nina aprovecho para mezclarse con la naturaleza otra vez. Tanto que cuando estábamos prontos para partir, la felina no aparecía. Estaba tan concentrada en su vida de salvaje que no escuchaba nuestro llamado (entiéndase por concentrada: dormida). Una hora de espera para que la señora gata aparezca muy campante por entre los montes del arroyo. Finalmente empezó nuestro retrasado viaje de aquel día rumbo a tierras ya conocidas para mí, aunque olvidadas ya por mi memoria. Llegamos al medio día a Menafra, pero escasa de plazas o alguna sombra que nos cubra hasta la tarde avanzamos unos kilómetros más para llegar a Paso de la Cruz (o Villa Borges, como dice el mapa virtual). También llegó la escasez de plazas por estos pagos, pero el patio arbolado de la escuelita nos dejó asentarnos un ratito hasta que pasaran las peores horas del astro del fuego. Menos mal que aprovechamos el último tramo de pavimento hasta este centro poblado, porque en adelante sería tan poco abundante como la sombra. Emprendimos el resto del recorrido rumbo a Paso de los Mellizos. 

Nos venía guiando el camión de la leche que entraba en cada tambo, y también fue casi el único vehículo motorizado que nos cruzamos. No se me malinterprete, buscábamos aventura, pero no sé si se pueda transitar a diario por esos caminos olvidados por los politiqueros, salvo en épocas de campaña electoral. Justo cuando te cuestionas por qué te metiste ahí, justo en ese momento que venís sufriendo los despertadores de la seca y las piedras que no te dejan avanzar sin sacudirte, en ese preciso instante, la vida pone ante tus ojos llenos de tierra un cartel milagroso que dice: Kiosco. Ahí, en el medio de la nada, un almacén de ramos generales en su hora pico. Pedimos una bebida refrescante que desencadenó en hermosas charlas con el almacenero/cantinero y los parroquianos que coincidían con nuestra visita relámpago. Luego de las típicas preguntas (¿traen un gato en la bici?), empezaron lo temas serios: la realidad de la campaña y el interior profundo. La preocupación de peones, que siempre cumplieron esa función, por la desaparición de su puesto gracias al cambio de la ganadería por la forestación (resulta que UPM no trajo trabajo para todos); los caminos desprolijos para locatarios y el prolijo para el forastero, las distancias agonizantes para llegar al médico de la ciudad. Una lista que tienen clara de tanto repetirla a cada ser que se interesa en escucharlos, más allá de lo que puedan solucionar o no. A pesar de sus penurias, siempre con la hospitalidad que caracteriza al pueblo, nos invitaron una más, para no quedar rengos, y hasta nos ofrecieron estadía. Con mucha pena, rechazamos la invitación a quedarnos en aquel paraje, que popularmente se conoce como Sarandí de los negros, para lograr llegar a nuestro destino marcado, aunque me atrevo a decir que fue el más bello y casual encuentro del viaje que estábamos haciendo. 

Con el tanque lleno fue fácil completar el recorrido y finalmente pasamos Paso de los Mellizos para llegar a instalarnos en el Arroyo Grande. De este destino conocíamos la leyenda de los Mellizos que se ahogaron en un paso cercano al pueblo (dándole el nombre al mismo) donde hoy existe una cruz a la cual se marcha en procesión cuando hay seca, para regarla y así pedir lluvia. Creer o reventar, la gente de la zona jura que funciona. 

Nuestra carpa sin el sobretecho nos regaló una noche minada de estrellas. Al día siguiente, bien temprano, empezamos el viaje para llegar a Sarandí de Navarro. Ni bien asomamos al camino nos interceptó un patrullero con dos funcionarios con más ganas de conversar sobre rutas y viajes, que de pedirnos los datos. Más allá de las formalidades, fue un encuentro de intercambio sobre la realidad de la zona y la rareza de que dos personas y una gata en bici elijan estos caminos para conocer. Pudimos seguir nuestro viaje y con la dificultad de conseguir una sombra entre tanta quinta de eucaliptos (irónico, pero la cartelería de propiedad privada se adueña hasta de la sombra) nos hizo llegar muy temprano al destino del día. Allí nos esperaba una familia amiga que nos recibió con todo el amor del mundo. Compartimos el tiempo, los recuerdos después de tanto sin vernos y los acontecimientos que nos habíamos perdido. Acá chocamos nuevamente con la realidad de la falta de trabajo para el peón rural: habían sido apartados recientemente de su puesto en una estancia, ya que los dueños habían vendido, aparentemente, para forestar más campos todavía, como si no fueran suficientes. ¿Dónde quedó el Uruguay ganadero que nos vendieron? La esperanza está en esa familia de puesteros desempleados, que volvieron a su casa con su pequeño rebaño, pero que tanto pueden hacer si el Estado está cada vez más ausente para esta actividad y más presente para las multinacionales que le quitaron el puesto. Con el gusto amargo que nos deja esta situación, pero con el corazón lleno de alegría partimos al día siguiente, ya que nos perseguía de cerca una tormenta, pero estábamos advertidos. Muy felices de encontrarnos de nuevo con esta gente que forma parte siempre de nuestras vidas más allá de las distancias que nos separan. 

Seguimos un camino que nos llevó a una desolada garita de trenes, donde la vía ferroviaria estaba en mejor estado que la ruta nacional número 25. Zigzagueando entre los departamentos de Río Negro y Paysandú nuevamente, llegamos a descansar al medio día bajo una higuera de una casa en un paraje Alonso, según el mapa, aunque después supimos que lo conocen por El chorro. Estaban deliciosos esos higos. Más adelante un cruce de caminos nos hizo continuar un poquito más al norte y al cruzar la vía del tren una vez más, dejamos atrás mi querido Río Negro para visitar el último rinconcito de Paysandú. Cruzamos por pueblo Morató muy rápido, era la hora de la siesta y el almacén no abría todavía. Advertidos por unos vecinos más adelante comenzamos a notar lo desprolijo del camino, los repechos de las cuchillas y el característico paisaje de piedras, que ya no estaban solo en el camino, sino que alcanzaban hasta para hacer de cerco en una época anterior al alambrado. Aún estaban de pie esas extensas mangas de piedras que delimitaban las propiedades antes de este gran avance. No puedo ni imaginar el trabajo que pudo haber llevado levantar esa estructura sin máquinas que levanten las pesadas piedras y las ubiquen estratégicamente para que no se desplomen aún 200 años después. Mis felicitaciones. Finalmente llegamos al último pueblo de Paysandú: Tiatucurá. Un pueblo aparentemente deshabitado hasta que llegamos al boliche que quedaba en el otro extremo de un plan de Mevir. Allí se jugaba un gran partido de truco que daba vida al pueblo que acabábamos de pasar. Compramos ahí los víveres, descubriríamos después que no todos en buen estado, averiguamos sobre el lugar de acampada que estaba más adelante, y dándonos el visto bueno el almacenero, ya que la policía se tomaba un descanso del pueblo, nos advirtió también, y con razón, que el camino se ponía peor. Esa noche acampamos en el arroyo Salsipuedes y pasamos el día siguiente esperando la lluvia. No fue ahí exactamente, pero si muy cerca, donde tuvo lugar la masacre del pueblo Charrúa, luego de ser engañados por Rivera para lograr ser emboscados y así aniquilados más fácilmente. Hoy existe en el lugar una escultura un poco burlona para mi gusto, ya que hace alusión a la unión de dos culturas e invita al respeto a la diversidad. No creo que haya sido el mensaje que nos dejaron aquellos antepasados que decidieron aniquilar todo un pueblo basados en el odio a una raza diferente. De todas formas puede sentirse la energía en el lugar de los que lucharon ese día para no dejar de existir y de los que hoy luchan para que ese acontecimiento se conozca como lo que fue realmente: un intento de exterminio del pueblo Charrúa, y no la gran “Batalla del Salsipuedes” como nos enseñan en la escuela. 

Habiendo alcanzado ya el punto más alto de nuestro recorrido, nos dispusimos a comenzar el regreso a casa. Faltaban muchos kilómetros y pueblos por conocer todavía, pero cada vez cuestan más las vueltas y el universo conspira contra nosotros en esta oportunidad haciendo el camino más difícil aún. Viento en contra, el enemigo indiscutible de todo cicloviajero. Nos empujaba hacia atrás como rogando que volviéramos, que nos quedáramos en ese punto que nos había atrapado de muchas formas. Fueron solo 25 km hasta alcanzar la ruta. Una vez ahí, ya habíamos logrado pasar el umbral entre el fin del comienzo y el comienzo del fin. La vuelta ya no era tan agonizante y nos concentramos en el camino que nos restaba y tenía su belleza también. El medio día lo hicimos en Peralta en la sombra de la panadería que estaba sin luz desde la noche anterior y sin agua desde la mañana. Más que acostumbrados estaban. Convencidos de que pasaríamos Achar para acampar en un arroyo, dimos comienzo al resto del recorrido del día. Pero antes de dicho poblado, la rueda de Mathias dijo basta y partió todos los rayos que venía aguantando de hacia un buen tiempo. Fin del recorrido a pie para el masculino del grupo. Por suerte, los planetas se alinearon para nosotros y la estación de servicio que estaba en la entrada era comandada por un ser muy comprensible y amable que nos dejó un lugarcito en su local para la carpa y tenía las instrucciones exactas para llegar al bicicletero del año, otro ser necesario para poder continuar viaje al día siguiente. De verdad, eternamente agradecidos con todos ustedes.

Ya íbamos encaminados para llegar, por fin, a San Gregorio de Polanco. Una ruta 43 en construcción nos hizo un camino más pesado de lo que esperábamos, pero sin dudas los camiones de la nueva planta tendrán una ruta perfectamente transitable y, de paso, también los visitantes del balneario más grande de esta zona. Cuando finalmente arribamos a la Península Dorada nos olvidamos por completo de las adversidades del camino y demás. No se equivocan cuando la llaman el tesoro perdido del Río Negro. Un pueblo tranquilo y silencioso con el movimiento típico de un balneario en pleno enero. A causa de la pandemia que azota nuestro país y el mundo, el camping municipal estaba cerrado y afortunadamente caímos en el camping familiar y hostal Sansueña. Un emprendimiento pequeño que apenas estaba aventurándose en esto del alojamiento alternativo, con una atención más que amable y una energía que te invita a quedarte. Y como nos cuesta un montón, en vez de quedarnos 2 días, nos quedamos 4. Fuimos atrapados por la hermosa costa color oro, la tranquilidad y la amabilidad de un pueblo chico que se hace grande al compartir con nosotros toda su belleza natural y su arte plasmada en cada muro de una casa, una tienda o una oficina. 

Para largarnos del paraíso tuvimos que ser atraídos por la única forma de salir del pueblo sin volver por dónde entramos: atravesar el Río Negro en balsa. Así que, en contra de la voluntad de Nina, nos subimos a este enorme artefacto que nos sacó de este oasis para dejarnos del otro lado, frente a un nuevo camino de tosca, que nos llevaría directo a Blanquillo, la capital de la cerámica (esa es la bienvenida que te da el pueblo). Presentándonos en la comisaría y con el permiso del funcionario pasamos la noche en el parque que estaba en la entrada para seguir al día siguiente acercándonos al sur. Ya en las tierras de Durazno, dejamos atrás el último camino de tosca para circular la tranquila ruta 6 que nos llevaría directo a Sarandí del Yí. Acá nos merendamos con más rayos quebrados en la bicicleta de Mathias. La maldecimos un poco hasta que descubrimos las deliciosas aguas del Río Yí mientras esperábamos a otro bicicletero copado que nos arregló la rueda para la tarde y además hizo service completo a todo lo que se podía solucionar fácil. ¡Muchas, pero muchas gracias! Sobreponiéndonos a los acontecimientos desafortunados decidimos avanzar aunque sea unos kilómetros antes que caiga el sol. Hicimos 20 km para llegar a Capilla del Sauce donde reinaba una vez más la paz característica del interior. Nos anunciamos en la comisaría para poder descansar sin inconvenientes abajo del puente sobre la ruta. 

El día siguiente supimos desde temprano que iba a ser difícil. El calor se sentía antes de levantarnos, las piernas ya pesaban antes de salir, y el cuerpo pedía descanso a gritos. Fue un recorrido de muchas paradas para descansar del Sol que no daba tregua. Un camino con pocos vecinos y ni hablar de poblados. 

Última noche de carpita en el puente del Santa Lucía Chico donde nos despertaron luces intermitentes de un patrullero asegurándose que todo estuviera bien. Por supuesto que cuando apareció la felina entre las piernas del policía pudo confirmar que no éramos bandidos precisamente. El resto de la noche transcurrió con normalidad para lograr al día siguiente llegar al penúltimo destino: Fray Marcos. 

Pasando por San Gabriel para un desayuno y doblando en Chamizo para tomar la ruta 94, pudimos arribar en la cómoda y acogedora casa de los tíos que, en cierto modo, incentivaron gran parte de la ruta. Maura y Álvaro estuvieron vinculados por mucho tiempo a MEVIR (Movimiento de erradicación de la vivienda insalubre rural) y conocían mejor que nosotros el camino y los poblados del norte de Río Negro, donde se asentaron por mucho tiempo para construir los planes de viviendas que le dan vida a esa zona. Fue así que permanecimos más días de lo planeado en esta última estación, antes de llegar a casa, para poder escuchar cada historia de cada pueblo que recorrimos, además de disfrutar de la familia que nunca viene mal.

El viaje estaba llegando a su fin. Nos quedaba afrontar los últimos kilómetros para llegar a nuestras casas y retomar nuestras vidas como seres funcionales de una sociedad cómoda pero inconformista. 

Volviendo a casa llenos de mimos y de historias divertidas, logramos hacer un balance de un viaje diferente. No solo por el hecho de elegir la bicicleta, sino de haber logrado conocer otras realidades; de que esas realidades generen algo dentro de nosotros que nos impulsen a seguir haciendo lo que hacemos y, de alguna manera, querer cambiar lo que está mal.

Nos frustramos mucho con el camino, las fallas técnicas, la responsabilidad de nuestra compañera felina, y seguro muchas cosas más, pero eso también es parte de esto que tanto nos gusta hacer y nos transforma siempre en seres más conscientes y sanos para nosotros mismos. Nos quedamos con los paisajes, las risas, las charlas con amigos, los encuentros con animales que poco se ven en la civilización y todo lo positivo que te pasa solo cuando te vas en bici.

Pia y Mathias

Somos de Nuevo Berlín y Trinidad respectivamente, actualmente atrapados entre Montevideo y Neptunia. Además comandados por Nina, nuestra compañera felina.

“¿Por qué viajas sola?”

Esa pregunta me la ha hecho la mayoría y siempre siento un juicio muy grande (es incómodo por lo demás). 

-“¿Por qué te expones así?” – También me lo han dicho. 

Bueno, gente, la respuesta es muy simple: no me puedo esconder del mundo solo porque allá afuera hay algunos malos. No puedo cederles mis ideas, mis sueños, mi poder. No me pidan que no viaje sola, mejor ayúdenme a que mi camino sea seguro. 

A todas aquellas les digo: somos aventureras, fuertes y nobles, la bicicleta es nuestra mejor aliada: nos fortalece y nos ayuda a avanzar donde queramos y cuando queramos. Espero que algún día podamos vivir en un mundo, donde las mujeres que se aventuran en solitario, no sean vistas por la sociedad como “valientes”, que no haya una realidad violenta y un miedo feminicida detrás solo por poner un pie afuera de nuestra zona de confort. 

Les deseo buenas rutas compas y espero que encuentren mucha gente buena en su camino, porque así como existen personas que quieren hacer daño, también hay personas hermosas que la vida y el destino nos envían para aprender de ellas.

Isabel L. Benavides

Viajo en bicicleta hace 3 años y hoy estoy recorriendo 8 regiones de chile. Soy Chilena y me muevo promoviendo el cicloviaje en las mujeres.

*Foto de portada de Ignacio Garrido

Sensaciones

El viajar en bicicleta ha abierto caminos en mi mente que nunca en mi vida había imaginado recorrer. Pasar de estar inmerso en una sociedad totalmente rutinaria y aburrida a estar en pueblos y villas totalmente escondidos, llenos de vida, con nombres extraños, alejados de toda la cotidianidad, pero bien cerca de lo más puro que la naturaleza nos puede enseñar, a veces para bien y otras no tanto. ¿Pero acaso no es de esto que se trata la vida?

Nunca podré olvidar la gente que se me ha acercado a hablarme, a preguntarme, a saber qué hago, de dónde vengo y a dónde voy, pero debo admitir que para esto último todavía no tengo una respuesta exacta. Esos “buen viaje” o “boa viagem” acompañados de un saludo al viento con las manos o un par de golpecitos en la espalda, son los primeros acercamientos que uno puede tener con las personas que viven en estos lugares, fuera de las ciudades, pero dentro de la columna vertebral que mantiene erguido a un país con sus costumbres y tradiciones.

Sinceramente no creo que haya sensaciones que se asemejen a las que uno puede sentir estando solo en medio de la nada. Un poco de miedo, pero miedo a la naturaleza, y mucha adrenalina que te invita a hacer locuras y a perderle ese miedo a la inmensidad de las montañas, a lo largo de un sendero o a lo ancho de un río que tenemos que cruzar.

Si hablamos de sensaciones no podemos dejar atrás lo que nuestro oído puede percibir, porque la música para mí en los viajes es lo que hoy por hoy para muchos es el silencio. Todos nos vamos lejos de la ciudad en búsqueda del silencio y muchos lo encontramos, pero a mí realmente, luego de estas aventuras, se me hizo muy difícil volver a encontrar ese silencio que creí haber conocido.

En un principio era en la playa, pero es imposible, es más, es la música que más disfruto, al seguir el ritmo de las olas, de cuando vienen besan la arena y se van como si no quisieran, arrastrándose en ella mientras un poco de esta agua de mar se mete entre las piedritas intentando quedarse allí por más tiempo. 

Luego creí haber encontrado el silencio en las rutas mientras pedaleaba, pero tampoco, escuchaba el ruido de la cadena pasando por los dientes de los discos, sentía en los oídos el viento que me ensordecía, escuchaba a los pájaros cantar y hacer ruidos que en mis tierras no existen. 

Después creí encontrar este silencio en la cima de la montaña, entre las nubes, con nieve y sin viento. Pero nuevamente fue imposible, escuchaba y sentía mi propia respiración, y el movimiento de mi pecho que generaba deslizamientos de pequeñas piedritas que nunca se llegaba a ver dónde iban a terminar. En conclusión, no he encontrado el silencio como tal, pero buscándolo sí encontré la paz interior, aprendí a disfrutar de lo natural, de lo que realmente somos, de lo que es necesario para vivir, de lo que tenemos a la vista sin buscarle la quinta pata al gato, porque eso es así y va a ser así. 

¡Y vaya! A los olores tampoco los podemos dejar muy atrás, porque encontrarte con olores en otros países que te hagan viajar a tu país muchos años atrás, a tu infancia, es una de las cosas más mágicas que nos puede pasar. Sentir un perfume que te traiga recuerdos de aquellos que te ponían para ir a cumpleaños o a un amor perdido, el olor del océano con sus aguas saladas que te recuerda las costas del país de dónde vienes aunque sean distintos océanos, el olor a puerto (que a muchos desagrada) y que te lleva a la pescadería de la feria, esa de ahí de la vuelta de tu casa, que aunque pase un siglo va a seguir estando allí todos los días de feria.

A esto hago referencia con las sensaciones, porque así como lo escribo, así me sucedió y estoy seguro de que de no haber emprendido estos viajes nunca en mi vida hubiera podido recordar tantos momentos que me marcaron en los pocos años que llevo viviendo, pero que siguen estando dentro de mi cabeza escondidos en las sombras del inconsciente, como decía Freud.

Felipe Rodríguez

Tengo 24 años y soy de Montevideo, Uruguay. Uso la bicicleta en la diaria y para mis viajes, podría decir que ya es una parte de mí. Les comparto un capítulo de algunas cosas que he escrito y que de no haber sido por Wanderlust (mi bici) creo nunca hubiera llegado a conocer esa parte de mí.