Mapa de viaje

“Mi primera travesía sola en bici, con unas alforjas tan llenas de ilusiones como de miedos.”

El camino está lleno de señales. Prohibido detenerse. Curva peligrosa. Despacio. Máxima 40. Pero esas no son las señales que guiaron mi viaje en solitario por Salta, Catamarca y La Rioja en 2019. Mi primera travesía sola en bici, con unas alforjas tan llenas de ilusiones como de miedos. Dos meses para recorrer los caminos del noroeste argentino (NOA). La idea era, en líneas generales, seguir la ruta 40. Sabía dónde iba a dormir los primeros tres días, el resto estaba por definirse. Llevaba conmigo carpa, cocina a gas y unos muslitos más llenos de entusiasmo que de entrenamiento. 

Buenos Aires. Avión a Salta capital. Empiezo a pedalear con nubes y confianza. Cuesta del Obispo, Cachi, ya estoy en la 40.

Camino a Antofagasta de la Sierra, Catamarca. 2019.
Camino a Antofagasta de la Sierra, Catamarca. 2019.

En Seclantás, Salta

Un pueblito de un puñado de manzanas y muchos telares, sucedió ese primer encuentro que cambiaría el viaje por completo. Divisé a lo lejos una mujer entrada en años cargando unas bolsas muy pesadas. Me ofrecí a llevar la carga en la bici. Vi en sus ojos años de lucha y de fortaleza. Aunque de pocas palabras, rápidamente me compartió su historia y me abrió las puertas de su casa y su familia. Ella me veía a mi fuerte por viajar sola en bici. Yo, a ella, la veía inmensa. 

Comprendí que esos encuentros del camino tenían, para mí, una riqueza y una belleza mucho más profunda que el más hermoso de los cerros. Comprendí que el viajar en bici me abría las puertas de los hogares. Comprendí que había pedaleado cuestas eternas para encontrarme con ella, aunque cuando partí de Buenos Aires no lo sabía. 

Mascando coca al sol. Seclantás, Salta. 2019.
Mascando coca al sol. Seclantás, Salta. 2019.

Después de Seclantás siguieron Molinos, Angastaco, Cafayate. Breve paso por Tucumán. Entro a Catamarca. San José. 

Permitido detenerse. 

Aunque este era un viaje en bici, me permito no pedalear una semana para compartir con Gladys, en El Tesoro, Catamarca. Joven, curiosa, cocinera, Gladys  ama profundamente los cerros que la rodean. Contenta, me cuenta que afortunadamente no encontraron oro en su cerro, el temor de que contaminaran el agua la acechaba. Gladys tiene mi edad  y compartimos sinceramente nuestras búsquedas y nuestros miedos. Ella aprovecha nuestro encuentro para sacarse todas sus dudas: ¿en la Ciudad de Buenos Aires no hay monte con espinas?, ¿es lindo viajar en tren?. Las preguntas de Gladys seguían resonando dentro mío cuando me subí a la bici y partí de El Tesoro. 

Al costado de la ruta con Ricardo, Eugenia y Mausi. La Rioja, 2019.
Al costado de la ruta con Ricardo, Eugenia y Mausi. La Rioja, 2019.

Paso por Hualfín. Nuevo cartel: desvío. Abandono la ruta 40 para subir a Antofagasta de la Sierra (3300 msnm). Empiezo por Villa Vil, sigo por Los Nacimientos de San Antonio, Laguna Blanca, El Peñón, Antofagasta de la Sierra.

En Los Nacimientos, Rosa me invita a su hogar. Me lleva a buscar leña por caminos de montaña solitarios y me dice “esta es nuestra avenida principal”. Su humor, su espontaneidad, su generosidad,  su sinceridad al decirme vuelva a visitarme, aún hoy me conmueven.

En El Peñón

Espero un ratito sentada en la plaza del pueblo, como suelo hacer al llegar a un lugar nuevo, e Inés me invita a su casa. La bici y las alforjas llenas de tierra despiertan la curiosidad. Inés me regala un atardecer lleno de su historia y lágrimas de emoción. 

Sugerente señal en la ruta 40, Catamarca. 2019.
Sugerente señal en la ruta 40, Catamarca. 2019.

Sigo camino. La Puerta, Belén. Adiós Catamarca, bienvenida a La Rioja.  Andolucas, Chilecito, La Rioja capital. Finalizo este viaje de 1400 kilómetros en la casa de Ricardo, Eugenia y Mausi, primos de mi papá, familia que me regaló el camino. Literalmente. 

De este viaje recuerdo las cuestas que me dejaron sin aliento, la belleza de los cerros, los pinchazos, el día que granizó. Pero más allá de eso, este viaje cambió, para siempre, mi forma de ver un mapa. Ya no son las ciudades y pueblos, sino el rostro y los nombres de las personas que me acogieron y que añoro poder volver a abrazar. Sueño que voy a seguir llenando el mapa de mi hermosa Argentina con el rostro de mis hermanos y hermanas. 

Hay un mate esperando ser compartido en cada hogar. Encontrarnos y compartir sinceramente sana cualquier herida. ¡Buenos caminos! ¡Buenos encuentros!

Yamila Mercedes Barrera

Nací en la Capital Federal, pero me crié en el conurbano bonaerense. Disfruto de viajar en bici, leer, bailar folclore, hacer yoga y remar. Licenciada en matemática devenida en analista de datos de profesión.

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