Reflexiones de un cicloviaje por tierras desconocidas y no tanto.

Huyendo un poco del agua salada y las rachas de viento constantes del este del país, nos aventuramos esta vez por caminos tan poco conocidos como transitados. Así fue que a comienzos de un año muy esperado por muchos, partimos con nuestras bicis desde Nuevo Berlín (mi pueblo natal) costeando el Río Uruguay rumbo al norte. Con “partimos” me refiero a estos dos humanoides (Mathias y Pia -quien les redacta-), guiados por una gata, domadora de zorros salvajes, llamada Nina.

Paramos unos días en San Javier (colonia rusa) donde lo de unos amigos que nos mostraron el río que nos vio crecer desde adentro. También nos mostraron lo mejor de dos mundos unidos en un plato tan ruso como uruguayo: Varenyky, una delicia que llegó para quedarse en las costumbres de este pueblo. 

Cómo cuesta irse de donde te tratan tan bien. Pero no salimos para estar tan cómodos. Seguimos viaje, y este segundo tramo nos dejó en la República caribeña de Paysandú. Al transcurrir la tarde me preguntaba cómo puede vivir la gente con ese calor sofocante, pero cuando ves la hermosa costa del mismo Río entendés la recompensa. Una ciudad inmensa sobre el río Uruguay con la esperada influencia de los vecinos argentinos; el intercambio es inevitable cuando somos tan parecidos. Supo ser también un polo industrial del país, aunque son pocos los galpones que se mantienen funcionando. Acá, a pesar de tener fama de domadora de fieras salvajes, Nina tuvo un acercamiento del tercer tipo con un animal doméstico que suele ladrar para comunicarse. Ya no podíamos tener a la fiera encerrada en la única ciudad pavimentada que estaba en el itinerario, así que nos alejamos de la ciudad para dirigirnos al oeste.

Nos adentramos en un camino cada vez más interesante. Pasando el pueblo El Porvenir nos vimos tentados por un cartel que anunciaba un desvío hacia la Aldea de la Bondad, pero la tentación era más fuerte, así que hacia ahí nos dirigimos. Casi llegando a este lugar de nombre tan llamativo, nos sorprendió un camino perfectamente asfaltado haciendo honor al nombre del poblado. Pero ahí no más quedo la sorpresa cuando volvimos al camino de tosca que tanto extrañábamos. Nunca habíamos sido tan engañados por un camino. Ese día término el recorrido a orillas del arroyo Negro, el límite natural entre el departamento de Paysandú y Río Negro. Ducha de agua fresca con servicio de pedicura, cortesía de nuestras anfitrionas las mojarritas, y a descansar para adentrarnos, una vez más, en el departamento de Río Negro al día siguiente.

Después de tanta civilización, Nina aprovecho para mezclarse con la naturaleza otra vez. Tanto que cuando estábamos prontos para partir, la felina no aparecía. Estaba tan concentrada en su vida de salvaje que no escuchaba nuestro llamado (entiéndase por concentrada: dormida). Una hora de espera para que la señora gata aparezca muy campante por entre los montes del arroyo. Finalmente empezó nuestro retrasado viaje de aquel día rumbo a tierras ya conocidas para mí, aunque olvidadas ya por mi memoria. Llegamos al medio día a Menafra, pero escasa de plazas o alguna sombra que nos cubra hasta la tarde avanzamos unos kilómetros más para llegar a Paso de la Cruz (o Villa Borges, como dice el mapa virtual). También llegó la escasez de plazas por estos pagos, pero el patio arbolado de la escuelita nos dejó asentarnos un ratito hasta que pasaran las peores horas del astro del fuego. Menos mal que aprovechamos el último tramo de pavimento hasta este centro poblado, porque en adelante sería tan poco abundante como la sombra. Emprendimos el resto del recorrido rumbo a Paso de los Mellizos. 

Nos venía guiando el camión de la leche que entraba en cada tambo, y también fue casi el único vehículo motorizado que nos cruzamos. No se me malinterprete, buscábamos aventura, pero no sé si se pueda transitar a diario por esos caminos olvidados por los politiqueros, salvo en épocas de campaña electoral. Justo cuando te cuestionas por qué te metiste ahí, justo en ese momento que venís sufriendo los despertadores de la seca y las piedras que no te dejan avanzar sin sacudirte, en ese preciso instante, la vida pone ante tus ojos llenos de tierra un cartel milagroso que dice: Kiosco. Ahí, en el medio de la nada, un almacén de ramos generales en su hora pico. Pedimos una bebida refrescante que desencadenó en hermosas charlas con el almacenero/cantinero y los parroquianos que coincidían con nuestra visita relámpago. Luego de las típicas preguntas (¿traen un gato en la bici?), empezaron lo temas serios: la realidad de la campaña y el interior profundo. La preocupación de peones, que siempre cumplieron esa función, por la desaparición de su puesto gracias al cambio de la ganadería por la forestación (resulta que UPM no trajo trabajo para todos); los caminos desprolijos para locatarios y el prolijo para el forastero, las distancias agonizantes para llegar al médico de la ciudad. Una lista que tienen clara de tanto repetirla a cada ser que se interesa en escucharlos, más allá de lo que puedan solucionar o no. A pesar de sus penurias, siempre con la hospitalidad que caracteriza al pueblo, nos invitaron una más, para no quedar rengos, y hasta nos ofrecieron estadía. Con mucha pena, rechazamos la invitación a quedarnos en aquel paraje, que popularmente se conoce como Sarandí de los negros, para lograr llegar a nuestro destino marcado, aunque me atrevo a decir que fue el más bello y casual encuentro del viaje que estábamos haciendo. 

Con el tanque lleno fue fácil completar el recorrido y finalmente pasamos Paso de los Mellizos para llegar a instalarnos en el Arroyo Grande. De este destino conocíamos la leyenda de los Mellizos que se ahogaron en un paso cercano al pueblo (dándole el nombre al mismo) donde hoy existe una cruz a la cual se marcha en procesión cuando hay seca, para regarla y así pedir lluvia. Creer o reventar, la gente de la zona jura que funciona. 

Nuestra carpa sin el sobretecho nos regaló una noche minada de estrellas. Al día siguiente, bien temprano, empezamos el viaje para llegar a Sarandí de Navarro. Ni bien asomamos al camino nos interceptó un patrullero con dos funcionarios con más ganas de conversar sobre rutas y viajes, que de pedirnos los datos. Más allá de las formalidades, fue un encuentro de intercambio sobre la realidad de la zona y la rareza de que dos personas y una gata en bici elijan estos caminos para conocer. Pudimos seguir nuestro viaje y con la dificultad de conseguir una sombra entre tanta quinta de eucaliptos (irónico, pero la cartelería de propiedad privada se adueña hasta de la sombra) nos hizo llegar muy temprano al destino del día. Allí nos esperaba una familia amiga que nos recibió con todo el amor del mundo. Compartimos el tiempo, los recuerdos después de tanto sin vernos y los acontecimientos que nos habíamos perdido. Acá chocamos nuevamente con la realidad de la falta de trabajo para el peón rural: habían sido apartados recientemente de su puesto en una estancia, ya que los dueños habían vendido, aparentemente, para forestar más campos todavía, como si no fueran suficientes. ¿Dónde quedó el Uruguay ganadero que nos vendieron? La esperanza está en esa familia de puesteros desempleados, que volvieron a su casa con su pequeño rebaño, pero que tanto pueden hacer si el Estado está cada vez más ausente para esta actividad y más presente para las multinacionales que le quitaron el puesto. Con el gusto amargo que nos deja esta situación, pero con el corazón lleno de alegría partimos al día siguiente, ya que nos perseguía de cerca una tormenta, pero estábamos advertidos. Muy felices de encontrarnos de nuevo con esta gente que forma parte siempre de nuestras vidas más allá de las distancias que nos separan. 

Seguimos un camino que nos llevó a una desolada garita de trenes, donde la vía ferroviaria estaba en mejor estado que la ruta nacional número 25. Zigzagueando entre los departamentos de Río Negro y Paysandú nuevamente, llegamos a descansar al medio día bajo una higuera de una casa en un paraje Alonso, según el mapa, aunque después supimos que lo conocen por El chorro. Estaban deliciosos esos higos. Más adelante un cruce de caminos nos hizo continuar un poquito más al norte y al cruzar la vía del tren una vez más, dejamos atrás mi querido Río Negro para visitar el último rinconcito de Paysandú. Cruzamos por pueblo Morató muy rápido, era la hora de la siesta y el almacén no abría todavía. Advertidos por unos vecinos más adelante comenzamos a notar lo desprolijo del camino, los repechos de las cuchillas y el característico paisaje de piedras, que ya no estaban solo en el camino, sino que alcanzaban hasta para hacer de cerco en una época anterior al alambrado. Aún estaban de pie esas extensas mangas de piedras que delimitaban las propiedades antes de este gran avance. No puedo ni imaginar el trabajo que pudo haber llevado levantar esa estructura sin máquinas que levanten las pesadas piedras y las ubiquen estratégicamente para que no se desplomen aún 200 años después. Mis felicitaciones. Finalmente llegamos al último pueblo de Paysandú: Tiatucurá. Un pueblo aparentemente deshabitado hasta que llegamos al boliche que quedaba en el otro extremo de un plan de Mevir. Allí se jugaba un gran partido de truco que daba vida al pueblo que acabábamos de pasar. Compramos ahí los víveres, descubriríamos después que no todos en buen estado, averiguamos sobre el lugar de acampada que estaba más adelante, y dándonos el visto bueno el almacenero, ya que la policía se tomaba un descanso del pueblo, nos advirtió también, y con razón, que el camino se ponía peor. Esa noche acampamos en el arroyo Salsipuedes y pasamos el día siguiente esperando la lluvia. No fue ahí exactamente, pero si muy cerca, donde tuvo lugar la masacre del pueblo Charrúa, luego de ser engañados por Rivera para lograr ser emboscados y así aniquilados más fácilmente. Hoy existe en el lugar una escultura un poco burlona para mi gusto, ya que hace alusión a la unión de dos culturas e invita al respeto a la diversidad. No creo que haya sido el mensaje que nos dejaron aquellos antepasados que decidieron aniquilar todo un pueblo basados en el odio a una raza diferente. De todas formas puede sentirse la energía en el lugar de los que lucharon ese día para no dejar de existir y de los que hoy luchan para que ese acontecimiento se conozca como lo que fue realmente: un intento de exterminio del pueblo Charrúa, y no la gran “Batalla del Salsipuedes” como nos enseñan en la escuela. 

Habiendo alcanzado ya el punto más alto de nuestro recorrido, nos dispusimos a comenzar el regreso a casa. Faltaban muchos kilómetros y pueblos por conocer todavía, pero cada vez cuestan más las vueltas y el universo conspira contra nosotros en esta oportunidad haciendo el camino más difícil aún. Viento en contra, el enemigo indiscutible de todo cicloviajero. Nos empujaba hacia atrás como rogando que volviéramos, que nos quedáramos en ese punto que nos había atrapado de muchas formas. Fueron solo 25 km hasta alcanzar la ruta. Una vez ahí, ya habíamos logrado pasar el umbral entre el fin del comienzo y el comienzo del fin. La vuelta ya no era tan agonizante y nos concentramos en el camino que nos restaba y tenía su belleza también. El medio día lo hicimos en Peralta en la sombra de la panadería que estaba sin luz desde la noche anterior y sin agua desde la mañana. Más que acostumbrados estaban. Convencidos de que pasaríamos Achar para acampar en un arroyo, dimos comienzo al resto del recorrido del día. Pero antes de dicho poblado, la rueda de Mathias dijo basta y partió todos los rayos que venía aguantando de hacia un buen tiempo. Fin del recorrido a pie para el masculino del grupo. Por suerte, los planetas se alinearon para nosotros y la estación de servicio que estaba en la entrada era comandada por un ser muy comprensible y amable que nos dejó un lugarcito en su local para la carpa y tenía las instrucciones exactas para llegar al bicicletero del año, otro ser necesario para poder continuar viaje al día siguiente. De verdad, eternamente agradecidos con todos ustedes.

Ya íbamos encaminados para llegar, por fin, a San Gregorio de Polanco. Una ruta 43 en construcción nos hizo un camino más pesado de lo que esperábamos, pero sin dudas los camiones de la nueva planta tendrán una ruta perfectamente transitable y, de paso, también los visitantes del balneario más grande de esta zona. Cuando finalmente arribamos a la Península Dorada nos olvidamos por completo de las adversidades del camino y demás. No se equivocan cuando la llaman el tesoro perdido del Río Negro. Un pueblo tranquilo y silencioso con el movimiento típico de un balneario en pleno enero. A causa de la pandemia que azota nuestro país y el mundo, el camping municipal estaba cerrado y afortunadamente caímos en el camping familiar y hostal Sansueña. Un emprendimiento pequeño que apenas estaba aventurándose en esto del alojamiento alternativo, con una atención más que amable y una energía que te invita a quedarte. Y como nos cuesta un montón, en vez de quedarnos 2 días, nos quedamos 4. Fuimos atrapados por la hermosa costa color oro, la tranquilidad y la amabilidad de un pueblo chico que se hace grande al compartir con nosotros toda su belleza natural y su arte plasmada en cada muro de una casa, una tienda o una oficina. 

Para largarnos del paraíso tuvimos que ser atraídos por la única forma de salir del pueblo sin volver por dónde entramos: atravesar el Río Negro en balsa. Así que, en contra de la voluntad de Nina, nos subimos a este enorme artefacto que nos sacó de este oasis para dejarnos del otro lado, frente a un nuevo camino de tosca, que nos llevaría directo a Blanquillo, la capital de la cerámica (esa es la bienvenida que te da el pueblo). Presentándonos en la comisaría y con el permiso del funcionario pasamos la noche en el parque que estaba en la entrada para seguir al día siguiente acercándonos al sur. Ya en las tierras de Durazno, dejamos atrás el último camino de tosca para circular la tranquila ruta 6 que nos llevaría directo a Sarandí del Yí. Acá nos merendamos con más rayos quebrados en la bicicleta de Mathias. La maldecimos un poco hasta que descubrimos las deliciosas aguas del Río Yí mientras esperábamos a otro bicicletero copado que nos arregló la rueda para la tarde y además hizo service completo a todo lo que se podía solucionar fácil. ¡Muchas, pero muchas gracias! Sobreponiéndonos a los acontecimientos desafortunados decidimos avanzar aunque sea unos kilómetros antes que caiga el sol. Hicimos 20 km para llegar a Capilla del Sauce donde reinaba una vez más la paz característica del interior. Nos anunciamos en la comisaría para poder descansar sin inconvenientes abajo del puente sobre la ruta. 

El día siguiente supimos desde temprano que iba a ser difícil. El calor se sentía antes de levantarnos, las piernas ya pesaban antes de salir, y el cuerpo pedía descanso a gritos. Fue un recorrido de muchas paradas para descansar del Sol que no daba tregua. Un camino con pocos vecinos y ni hablar de poblados. 

Última noche de carpita en el puente del Santa Lucía Chico donde nos despertaron luces intermitentes de un patrullero asegurándose que todo estuviera bien. Por supuesto que cuando apareció la felina entre las piernas del policía pudo confirmar que no éramos bandidos precisamente. El resto de la noche transcurrió con normalidad para lograr al día siguiente llegar al penúltimo destino: Fray Marcos. 

Pasando por San Gabriel para un desayuno y doblando en Chamizo para tomar la ruta 94, pudimos arribar en la cómoda y acogedora casa de los tíos que, en cierto modo, incentivaron gran parte de la ruta. Maura y Álvaro estuvieron vinculados por mucho tiempo a MEVIR (Movimiento de erradicación de la vivienda insalubre rural) y conocían mejor que nosotros el camino y los poblados del norte de Río Negro, donde se asentaron por mucho tiempo para construir los planes de viviendas que le dan vida a esa zona. Fue así que permanecimos más días de lo planeado en esta última estación, antes de llegar a casa, para poder escuchar cada historia de cada pueblo que recorrimos, además de disfrutar de la familia que nunca viene mal.

El viaje estaba llegando a su fin. Nos quedaba afrontar los últimos kilómetros para llegar a nuestras casas y retomar nuestras vidas como seres funcionales de una sociedad cómoda pero inconformista. 

Volviendo a casa llenos de mimos y de historias divertidas, logramos hacer un balance de un viaje diferente. No solo por el hecho de elegir la bicicleta, sino de haber logrado conocer otras realidades; de que esas realidades generen algo dentro de nosotros que nos impulsen a seguir haciendo lo que hacemos y, de alguna manera, querer cambiar lo que está mal.

Nos frustramos mucho con el camino, las fallas técnicas, la responsabilidad de nuestra compañera felina, y seguro muchas cosas más, pero eso también es parte de esto que tanto nos gusta hacer y nos transforma siempre en seres más conscientes y sanos para nosotros mismos. Nos quedamos con los paisajes, las risas, las charlas con amigos, los encuentros con animales que poco se ven en la civilización y todo lo positivo que te pasa solo cuando te vas en bici.

Pia y Mathias

Somos de Nuevo Berlín y Trinidad respectivamente, actualmente atrapados entre Montevideo y Neptunia. Además comandados por Nina, nuestra compañera felina.

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