Mi camino desde el maratón al cicloturismo

Me seduce la idea de comenzar un escrito en una revista de cicloturismo diciendo que no me siento ciclista, que me considero un corredor y encuentro el maratón la prueba más impresionante a la que me enfrenté, la famosa Reina. En esa época mi nombre en las redes era Corresegundo y no podía ver la bicicleta, la padecía. Luego de un esfuerzo importante, ya una maratón, ya un fondo de más de veinte kilómetros, solía tomar la bici y hacer unos pocos kilómetros para descansar las piernas. Desde que salía hasta que llegaba estaba puteando; no me gustaba pedalear, pues era corredor.

Correr fue la única actividad en la que logré regularidad, ya que tengo un doctorado en dejar cosas por la mitad, y si esto hubiese sido rentable, no lo duden, sería vecino de Bill Gates. Fue notable cómo adquirí el hábito, para algunos obsesivo, y les otorgo algo de razón, llegando a ordenar mi jornada con base en mi entrenamiento. Vale aclarar que estaba muy lejos de la excelencia; de hecho tuve una idea que perfectamente se podía aplicar en ocho de mis diez maratones: el tipo que ganó puede irse a su casa, bañarse, tomar un litro de cocoa, orinarla, volver, y yo aún no haber llegado.

Contemplando el Cerro Arequita
Lavalleja, 2019.
Contemplando el Cerro Arequita, Lavalleja, 2019.

Pero el destino tenía para mi otros caminos, a ser transitados  en dos ruedas. Fue así que el doctor me notició de un principio de artrosis en las rodillas, por lo que tuve que dejar de correr. Con agrado, luego de pasado el tiempo, he notado que mi reacción en ese momento no fue de enojo ni de tristeza, no renegué ni maldije, al contrario, con mesura agradecí por poder haber corrido tanto siendo consciente de que hay mucha gente que sí tiene problemas de verdad. Esta postura me ayudó a tomar la bici con gusto, no sintiendo en absoluto el cambio. Por el contrario, comenzó a germinar la semilla del cicloturismo que estaba guardada en mi inconsciente desde hacía mucho tiempo.

Unos ocho años atrás había conocido en Kiyú a un brasilero que había salido de San Pablo en bicicleta,  hasta llegar a conversar conmigo. Yo no lo podía creer; me mostró la bici con las alforjas que me resultaron de otro planeta. Me imaginé el esfuerzo enorme que debía hacer para lograr hacer andar toda esa bici; pero la cara del tipo, la alegría y la energía que transmitía no tenían nada que ver con lo que yo imaginaba. ¿Y no tenés miedo?, pregunté… La cara de asombro con la que me respondió no la olvidaré jamás, No, ¿a qué le voy a tener miedo? Ahí me di cuenta de que el que tenía miedo era yo.

 Otra experiencia que considero central en mi devenir a Ciclosegundo fue el conocer la experiencia de un flaco que unió Bella Unión con Montevideo… ¡en monociclo! Recuerdo que pensé muy contento, este loco es un tarado, es un crá. Quedé fascinado con ese plan tan distante de las pautas utilitarias que nos imponemos  día a día. Escuché una nota en la radio y la alegría del flaco me hizo recordar al brasilero, y me dije, yo quiero eso, refiriéndome a la alegría, ni loco al monociclo. El paso siguiente fue buscar información en internet, conocer a Bikecanine y todo fluyó de una manera maravillosa.

Listos para mi primer salida.
Todo adrenalina. 2019.
Listos para mi primer salida. Todo adrenalina. 2019.

He pensado mucho en la conexión que hermana el maratón con el cicloturismo. El gusto por el esfuerzo en grandes distancias y durante mucho tiempo es lo primero que se me viene a la mente. También ambas actividades han generado los mismos argumentos, todos hijos de la buena intención de mis allegados a la hora de  intentar disuadirme, “Estás loco”, “Qué necesidad”, “Andá en ómnibus”, “Dedícate a laburar”. Pero el punto que más me gusta y quiero compartir con ustedes es el siguiente: el maratón es una prueba de una exigencia tremenda, es poco probable que una persona haga un esfuerzo similar alguna vez en la vida. A medida que la prueba aumenta también lo hace el cansancio, el deterioro físico y mental, sobre todo en casos como el mío, donde mi metro ochenta y cuatro y mis noventa kilos me alejan de un físico ideal para esta prueba.

De los treinta kilómetros en adelante todo se hace de plomo, y me resulta imposible transmitir lo que se siente sin cargar el escrito de adjetivos, y por nada en el mundo quiero parecerme a Scelza. El hecho es que hay corredores que utilizan un mantra para superar estos momentos. La repetición de una palabra, una frase, un sonido, que en mi caso era Mente Feliz. Mente Feliz, dos pasos, Mente Feliz, dos pasos y otra vez, así por kilómetros, concentrado, hasta que llega un momento en que lo único que existe es Mente Feliz, y te olvidás de la carrera, del dolor, del cansancio, lo único que existe es Mente Feliz.

Cuando llevo la bici muy cargada.
Cuando llevo la bici muy cargada.

En la bici lo que me pasó fue al regreso de mi primer viaje a Lavalleja. Luego de pasar Santa Lucía y de haber hecho setenta kilómetros duros estaba reventado, la venía pasando muy mal,  ya había parado varias veces y quería llegar ese día. Fue entonces que escuché en la radio el final de una canción de folclore y al locutor nombrando el grupo que interpretaba, los músicos, y qué instrumento tocaba cada uno. Así supe que fulano de tal tocaba la quijada de burro… y me llamó la atención… la quijada de burro, quedé pensando… y sin proponérmelo comencé a imaginar a un tipo tocando la quijada de un burro, ¡pero vivo!, lo dificultoso de dicha práctica, la cara del burro no entendiendo qué era lo que allí pasaba, el cerrar con toda su fuerza la boca haciendo infructuosos los enormes esfuerzos del músico para ejecutar su parte. Todo esto ante la mirada atónita del público. Imaginé los preparativos para la actuación, comportamientos solemnes, rostros serios, guitarristas que acomodaban sus micrófonos, y al fondo el tipo cinchando del burro para subirlo al escenario mientras que el jumento, clavando las patas al piso, se negaba a formar parte de la actuación.

Quien me hubiese cruzado en ese momento en la carretera habría visto a un cicloturista con la sonrisa de oreja a oreja y cada tanto largando una carcajada. Toda esta película  durante media hora. El hecho es que me olvidé del cansancio y salí del pozo, estando a las tres horas en mi casa en San José de Mayo de vuelta de una de las experiencias más maravillosas de mi vida, con el corazón exultante, agradecido y pensando, ¡Bendita artrosis!

Jorge Segundo

Buen muchacho. Como decía mi viejo, Come bien y duerme mejor.

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