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CAMINOS IMPOSIBLES vs CAMINOS POSIBLES

Antes de salir a una ruta solemos preguntar cómo son los kilómetros que se vienen. Si bien estudiamos bien los mapas, quizás algún lugareño tenga algo para decirnos que desconocemos, como por ejemplo, a “x” cantidad de kilómetros van a encontrar un puesto de estancia abandonado para pasar la noche.

Molinos, Salta. (2021)
Molinos, Salta. (2021)

Pero a veces los “consejos” te llegan sin buscarlos. Parás en la casa de alguien que te cuenta con lujo de detalles el malísimo estado del ripio que estás a punto de encarar, estás desayunando en un hostel y una pareja te habla de las durísimas pendientes que no vas a poder subir en bicicleta, etc, etc, etc. ¿Pero qué tienen en común todas esas advertencias? Que la mayoría son negativas, bajoneras, te tiran al piso tu Yo más fuerte y te meten en la cabeza la idea del “vos no vas a poder”.

Canal Beagle, Tierra del Fuego (2019)
Canal Beagle, Tierra del Fuego (2019)

Son las opiniones de aquellos que no tienen ni la más mínima idea de lo que es viajar en bicicleta. Básicamente: hablan sin saber. “¿Cómo van a hacer esa cuesta en.. ¡BICICLETA!? ¡Están locos!”, “¿Pasan camiones por ahí? Tengan cuidado por favor..” Seguro lo hacen para cuidarnos, pero haciéndolo desde el miedo o desde la imposibilidad, no sirve.

Andacollo, Neuquén (2019)
Andacollo, Neuquén (2019)

Muchas veces nos encontramos diciendo: “che, nos habían dicho que esto iba a ser difícil y no fue para tanto…” Entonces, ¿por qué pasa esto? ¿Por qué lo que no existe para uno tiene que no ser posible para otro? ¿Y si el otro no cree en aquello que llaman “imposible”? ¿Saben que si le anteponemos el verbo “hacer” y el artículo “lo”, surge la frase “hacer lo imposible” que significa “poner todos los medios para conseguir algo”?

Jime y Andrés

Jime y Andrés viajan en bicicleta desde 2013. Su primera gran aventura fue de 9 meses y 6600 kilómetros desde Ushuaia hasta La Quiaca, y a partir de ahí dejaron de contar para vivir la vida sin números de por medio. Viajan en la naturaleza, por caminos alternativos y lugares sin nombre. No buscan llegar a ningún lugar, solo quieren estar en movimiento y sentirse libres. Una gran epopeya contemporánea.

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Turista en mi pueblo 

La pandemia nos detuvo en el tiempo. Nos dejó en un stop existencial, pero nuestra mente sigue como los latidos del corazón. Para quienes somos inquietos y necesitamos rodar, pedalear todos los días, ¿cómo asimilábamos esta pausa mundial? 

Me propuse ser “turista en mi pueblo”, redescubrir los caminos que conozco desde que nací, preguntarme qué hubo allí, qué historias guarda, qué pasa ahora. Conectarme con mis raíces, desandar esos caminos que sabía que existían, pero que no me detuve a observarlos. 

Mi compañera, la bici, fue el transporte. Comencé con una hora diaria, como si fuese una rutina deportiva, y se convirtió en una experiencia de cicloturismo “interno”, recorriendo caminos rurales y pueblos del Partido de Lobos, en la Provincia de Buenos Aires, de donde soy oriundo. 

Paraje La Porteña, 2021. Descanso en el club del Paraje.
Paraje La Porteña, 2021. Descanso en el club del Paraje.

Capillas centenarias, callecitas con casonas antiguas, vecinos tomando mate en la vereda, vías del tren de más de 100 años, y hasta una “fábrica con fantasmas”, las entradas de lo que fueron grandes estancias en época que fuimos el “Granero del Mundo”. 

Con uso de la tecnología, fui documentando a través de fotos y videos cada camino, y hacer micro videos de 30 segundos, contando la aventura del día. Nunca pensé que convertirse en turista en mi propio lugar sería tan enriquecedor. Lo que creíamos conocido, se vuelve totalmente nuevo al mirar con otros ojos. Así mismo recorrer dos o más veces el mismo camino, elegir alternativos o perderme por otros que no figuran en los mapas. 

Aparecen nuevos paisajes, nuevas postales e historias, o en realidad, historias que siempre estuvieron guardadas. Hace poco leía a una ciclista española que decía que los lunes, salir a andar en bici, se convertía en una cicloterapia. 

Creo que eso encontré en este cicloturismo local: dejarme llevar, mirar atardeceres de la llanura bonaerense, escuchar la música de la naturaleza en un tiempo únicamente mío. Una experiencia turística que nunca había vivido en ningún destino, lo pude experimentar en mi propio pueblo.

Zapiola, Partido de Lobos.
Circuito al Pueblo de Zapiola, a 19km de Lobos.
Zapiola, Partido de Lobos. Circuito al Pueblo de Zapiola, a 19km de Lobos.

Así que no hay excusas: agarrá la bici, ponete el casco y salí a dar una vuelta por tu barrio. Buscá la casa más antigua y pregúntate de qué año es, o quién vivió. Explorá con los olores… ¿A qué huele tu barrio?, mirá hacia arriba; descubrir inscripciones de años de construcción puede ser una actividad motivadora. Charlá con un vecino, pedaleá hasta la otra punta de tu pueblo o ciudad, perdete y volvete a encontrar. 

Convertite en un turista en tu pueblo, y escribí lo que viviste.

Ignacio Suárez

Lic. en Turismo. Nací y aprendí a andar en bici en Lobos, Provincia de Buenos Aires. Fanático del turismo y la bicicleta.

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No es oro todo lo que reluce

“No es oro todo lo que reluce”, sabia frase del refranero español que describe a la perfección en tan solo unas palabras mi situación en las últimas semanas de viaje. 

Se me había olvidado cuando reinicié mi camino hacia Europa a principios de abril tras el parón invernal, lo mucho que puede cambiar la experiencia en carretera en función de los problemas que uno pueda llegar a tener o como es mi caso que Carmela y algunos de mis materiales puedan tener. 

Avdalaz Kale, Turquía. Abril 2021. Camping al atardecer en la ruta Frigia
Avdalaz Kale, Turquía. Abril 2021. Camping al atardecer en la ruta Frigia

No quería llegar a este punto y por desgracia, quizás por no haberlo sabido controlar, he vuelto a revivir momentos negativos emocionalmente como aquellos que me acompañaron en mi recorrido por Vietnam, cuando Carmela decidió no estar de mi parte y ponerme muchísimas trabas en el día a día, convirtiendo algo tan fácil como rodar, en un auténtico suplicio que afectó a mi vida más personal. La sombra de abandonar el proyecto me acechó en demasiadas ocasiones, entrando en una espiral de negativismo que para nada me ayudaba a mirar hacia adelante. Situación muy similar a la vivida en el trayecto que me ha llevado desde las tierras sureñas bañadas por el Mediterráneo hasta la tan europea ciudad de Eskişehir, apenas a 200 km de Estambul. 

En poco más de 600 km, y cuando afrontaba con optimismo el camino hacia la antigua Constantinopla, los inesperados sucesos se fueron repitiendo continuamente a pesar de la buena condición en la que se encontraba Carmela y la adquisición de nuevos materiales para hacer mi vida nómada más sencilla. Podría explicarlos y entrar en detalle sobre cada uno de ellos, aunque no me ayudaría en absoluto a deshacerme de esos pensamientos que tanto me han estado afectando y que desafortunadamente me siguen influyendo en el momento en el que estoy escribiendo estas palabras, pues aún, y a pesar de haber tratado de resolverlos, quedan aspectos que solucionar (como es el caso del hornillo nuevo de gasolina que me está suponiendo un auténtico comedero de cabeza).  ¿Mala suerte? No sé si llamarlo suerte o quizás exista algún otro término más adecuado, pero sin duda hay algo no intrínseco que no ha querido estar de mi lado.

Región de Denizli, Turquía. Abril 2021. Riza captó nuestra atención al pasar el pueblo y nos invitó a un té. Hospitalidad turca
Región de Denizli, Turquía. Abril 2021. Riza captó nuestra atención al pasar el pueblo y nos invitó a un té. Hospitalidad turca

No obstante, estas desdichadas semanas en cuanto a lo material me han servido para igualmente darme cuenta de que hay algo mucho más importante y que hace que se me olviden ciertos problemas al menos durante unas horas: el cicloturismo. El hecho de moverme sobre dos ruedas por caminos que no conozco, dejándonos llevar por los paisajes que nos rodean y nos hacen sentir tan pequeños, recibiendo el cariño y la amabilidad de toda esa gente que con curiosidad y con ganas de ayudar se acerca a mí para charlar un poco a pesar de la barrera lingüística, los momentos en los que elegimos lugar para acampar y con admiración montamos la tienda de campaña en un lugar único y diferente al del día siguiente… Y cómo no, haber podido contar con la compañía de mi buena amiga Tuğba, la cual ha sabido aguantar pacientemente mis ataques de ira por todo lo que estaba aconteciendo y sacarme una sonrisa cuando más lo necesitaba.

Esa es mi vitamina. Estas son las razones por las cuales me despierto cada mañana pensando en aquello que está por venir y  en todas esas sorpresas que la vida tiene preparadas para mí.

Por eso, a pesar de cadenas, radios o llantas rotas, al empezar a pedalear el tiempo se paraba, mi cabeza no pensaba en los problemas, y mi cuerpo se relajaba disfrutando de las bellezas que este estilo de vida me proporciona, dejando esos contratiempos que todxs tenemos a un lado para centrarme en lo realmente importante. No ha sido fácil, he de admitirlo, pero en esta ocasión y a diferencia de Vietnam, tenía seguro que quiero seguir adelante aunque tenga que adaptarme a circunstancias adversas. 

Ayazini, Turquía. Abril 2021.
Asentamientos y cuevas frigias.
Ayazini, Turquía. Abril 2021. Asentamientos y cuevas frigias.

Turquía no deja de sorprenderme a cada kilómetro que recorro por ella.

Hemos pasado por pueblos poco habitados donde la hospitalidad recibida nos ha dejado perplejos, recibiendo frutas, verduras, cenas, almuerzos, y sobre todo mucho té y pan. Además, nos ha quedado aún más claro que Turquía no es para nada un país uniforme en cuanto a sus gentes, sino una mezcla cultural y étnica en la que los rostros, colores y facciones cambian de pueblo a pueblo, así como las costumbres, gastronomía y hasta las vestimentas. De los circadianos a los vivaces colores de los turkmenos, las pálidas teces y la claridad de los ojos de los centroasiáticos y los hábitos de los búlgaros o balcánicos. Toda una miscelánea que no nos ha dejado indiferentes y por la cual nos hemos dejado impregnar a base de encuentros aleatorios y muchas preguntas para resolver nuestras dudas y seguir enriqueciéndonos. 

Al igual que su gente, la variedad paisajística en tan pocos kilómetros de distancia ha sido bestial. Hemos subido montañas, donde la primavera trataba de echarle un pulso al invierno, que en ocasiones se resistía a marcharse, a través de carreteras que atravesaban bosques de coníferas propios de un clima mediterráneo y de media altura, cruzado lagos y salinas que nos daban la bienvenida a un territorio más propio de las montañas del Pamir en Kirguistán y Tayikistán, donde la vegetación desaparecería para dar paso a un paraje rocoso, árido y con formaciones geológicas que nos hicieron sentir en lugares mucho más remotos de los que estábamos. 

Y concluimos con uno de mis lugares favoritos en este país, el valle Frigio

Donde nos perdimos entre sus ruinas de piedra de los siglos VI – VII a.C. siguiendo el legado del Rey Midas y viajando en el tiempo mientras nos adentrábamos en sus cuevas, iglesias, castillos y asentamientos excavados en las rocas, originando lugares de acampada inigualables. Una auténtica exhibición natural y cultural que mucho me recordó en cuanto a semejanza a la tan popular Capadocia, aunque sin turista alguno y con una mayor paz y tranquilidad. 

Ya queda menos para abandonar el continente asiático, ese que me ha brindado tantos y tantos momentos, vivencias y sobre todo aprendizajes en los últimos 5 años. A la vuelta de la esquina puedo ver al mal denominado “Viejo continente” asomándose sigiloso para prácticamente darme la bienvenida a esas tierras que parecían no llegar nunca.

Pero antes habrá que pedalear para llegar a la última parada de esta Ruta de la Seda que inicié en el otro lado del continente en el gran gigante chino. Estambul me aguarda en una situación muy diferente a aquellas en las que la visite allá por 2008 y 2011, aunque esta vez podré decir que entré en esta gran urbe a caballo entre Asia y Europa a lomos de mi Carmela, ¡buah! 

“Es bueno tener un final de recorrido hacia donde ir; pero es el viaje lo que importa, al final.” – E. Hemingway

Roberto Merchán

viajero procedente de un pequeño pueblo (Ardales) de Andalucía. Hace 5 años decidió dejar su antigua vida atrás y lanzarse a la aventura, convirtiéndose en un nómada viajero. Ha viajado por Asia en transporte local y autostop y desde 2017 acompañado de Carmela, su bicicleta, atravesando desde Tailandia a Turquía 20000km en su camino a casa.

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